
Para Nicolás Maquiavelo (1469 – 1527), reconocido como uno de los padres modernos de la ciencia política, los valores tienen un carácter mutable. Por eso para el florentino siempre es necesario volver a los orígenes, “reconducir” con periodicidad a los pueblos hacia sus principios: aquel momento en que las costumbres no estaban corrompidas.
Y es en Maquiavelo -pensador de lo diverso, elogioso de la “discordia” como motor de la “grandeza de la república”- donde la religión aparece clara y explícitamente como un elemento de unidad y cohesión en el orden interno. La religión es creada desde lo político, así como las nociones de “bueno” o “malo”, que se definen políticamente en relación a la idea de salvación de la patria. Y la religión coadyuva a ese fin. No es óbice que los preceptos religiosos sean falsos mientras faciliten la dominación. “Mantener al país religioso” es mantenerlo “bueno y unido”, dice.
Maquiavelo cita el caso de Numa Pompilio, el sucesor de Rómulo, quien para conseguir el noble fin de llevar al pueblo a la obediencia civil recurrió a la religión simulando “tener familiaridad con una ninfa que le aconsejaba todo lo que luego [él] aconsejaba al pueblo”. De otro modo, las leyes no serían aceptadas ni, en consecuencia, obedecidas. También ayudan a mantener a los ejércitos disciplinados, enseña. De aquí se desprende su importancia política en el momento de la fundación: como sostén de inspiración del fundador.
Esta función que tiene la religión (o “religazón”) en Maquiavelo como herramienta útil del poder para ejercer la dominación (que Max Weber ampliará y llamará “ideológica”) brinda “legitimidad” (Weber) al Estado, pero ya no como delegación divina sino como creación, como artificio -político- del poder -político- para facilitar su efectividad en la construcción del consenso que permita la conservación del Estado en miras al bien (común) del pueblo. Al margen, retener esto último es importante para entender lo “maquiavélico” de Maquiavelo: para despejar los equívocos sobre su opúsculo El Príncipe. Pero eso quedará para otro post.
Justamente -volviendo-, lo político es lo mutable, lo que puede ser o no, lo contingente.
En la polis griega que piensa Aristóteles (384 AC - 322 AC), el espacio (político) para la realización del hombre es el de lo público, que es, además, el espacio de la diferencia ya que todos los hombre son diferentes, únicos e irrepetibles. Y, a la vez, “iguales” en tanto “ciudadanos”.
En cambio en Utopía, el clásico texto de Tomás Moro (1478 – 1535) (quien inventa esa palabra), no hay lugar para la política: porque no hay lugar para la diferencia. En la utopía moreana, entonces, la función “política” de la religión, como la de los valores y las costumbres, es reemplazar la especificidad política, abolir toda nota de diferenciación. Esto denota, por otro lado, un rasgo de pesimismo antropológico en Moro, ya que ve a los hombres como naturalmente intolerantes.
Entonces, mientras Maquiavelo y Aristóteles buscan la unidad desde la diferencia (algo propio de todo el pensamiento republicano, cuyo exponente cúlmine es, sin dudas, Madison), Moro lo hace desde una supuesta igualación. El plan estratégico (político) es el mismo: buscar la unidad, pero con distintas tácticas, digamos. El problema de la táctica moreana es la negación de la política.
En fin. Si bien quizá no de la religión, los K siempre abominaron de la Iglesia como institución (de ésta iglesia argentina, al menos). Sin embargo, en el tratamiento que hoy hace el kirchnerismo de la muerte de Néstor Kirchner se puede observar ese intento de negación moreana de la política, al ubicar al líder en el campo de lo sagrado-intocable y, a su vez (y esto es lo importante), en el centro de la acción política, aún después de muerto.
Hoy, hasta el propio Kirchner es devorado por ese mecanismo. “Esto es lo que hubiera querido Néstor”, “así lo hubiera hecho Néstor”, o “lo hacemos por él”. Palabras que incluso se escucharon de boca de su viuda, CFK: a la sazón nuestra presidenta. Es curioso porque por estos días parecería como que el mandato (la ficción que conocemos por tal) no es popular, o contractual-constitucional, sino religiosa. Curiosamente, una operación despolitizadora del “juego político” propia del noventismo neoliberal. Una coincidencia más entre aquél y este peronismo.
Coincidencia que, por último, no deja de ser importante remarcar, ahora que parece que "con Kirchner volvió la política". No: la política volvió con el click que representaron para esta sociedad los sucesos del 19 y 20 de diciembre de 2001.