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22/4/12

51 historias que terminaron en la estación de Once

Ante lo ocurrido en Once, consignas que han sido estandarte de los organismos de derechos humanos -hoy llamativamente ausentes ante esta tragedia-, y que le ha sido tan útil por años al kirchnerismo, se vuelven, impensablemente, contra ellos.
A dos meses de la masacre de Once:
L@s 51 muertos y l@s 703 heridos están PRESENTES Y NO DEBEMOS OLVIDARLOS.
A los responsables políticos y penales de la masacre de Once: JUICIO Y CASTIGO.
Que la reprivatización de YPF no nos haga olvidar de esto. Ni de ellos.

(Imágenes: diario Clarín. Hacer click en ellas para agrandarlas)

22/3/12

Politizar las muertes de Once

Hoy se cumple un mes de la masacre de Once, el Cromagnón de los K, que se llevó las vidas de 51 "argentinos y argentinas", como le gusta decir a nuestra excelentísima señora presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner.
Y sí:
hay que politizar las muertes. Por eso hoy jueves 22 de marzo entre las 8:30 y las 8:32 de la mañana los familiares de las víctimas convocan a un "bocinazo nacional", donde sea que cada uno esté. Además, a las 20:00 habrá un acto en Once en el que los familiares leerán un documento. “Esperamos que nos acompañen los ciudadanos bajo la única bandera de pedido de justicia, sin las de los partidos políticos ni sindicatos ni organizaciones sociales”, dijo ayer por radio Paolo Menghini, papá de Lucas Menghini Rey, la tristemente famosa "víctima 51".
Pero si bien es atendible el pedido de no partidizar, sí hay que politizar las muertes. Inexorablemente. El pedido de "Justicia" es, en efecto, un pedido político. "Ni olvido ni perdón". "Juicio y castigo": viejas banderas, actualizadas en Once.
Por mi parte, desde este espacio propio que es mi blog, también quiero recordar los nombres de l@s 51 laburantes que se llevó puesto el "modelo nacional y popular de crecimiento con matriz diversificada e inclusión social", como se jacta la Presidenta de denominar -falsamente- a su "proyecto" de país.
De hecho, esa fue la vergonzosa e insultante explicación de lo ocurrido en Once que dio Cristina en el acto por el Bicentenario de la creación de la bandera nacional, el 27 de febrero pasado, en Rosario, a tan sólo cinco días del horror al señalar: "yo quiero recordarles a los que viajaban en los trenes en el 2003, a los que viajaban, porque la mayoría no viajaba porque no tenía adónde ir. Uno viaja cuando tiene que ir a trabajar; uno viaja cuando tiene que ir a estudiar; uno viaja cuando tiene que ir a comprar algo o a hacer un trámite. Cuando no hay trabajo, cuando no hay producción, cuando no hay estudio, no hay camión, no hay auto, no hay tren ni hay micro que te lleve a ninguna parte porque no hay lugar adónde ir". Politizada explicación.
Por las 194 muertes de República Cromagnón hubo -entre otros- un empresario condenado a prisión y un ciudadano elegido por los porteños y a cargo del Ejecutivo de la Ciudad destituído en juicio político.
Hasta hoy, el Gobierno nacional no le pidió la renuncia a ningún funcionario público por la masacre del Sarmiento en Once. Sólo se fue el secretario de Transporte por "estrictas razones de salud", y elogiando su gestión. L@s 51 asesinados, bien gracias.
"No politicen las muertes", cacarean los K y aun Ella, que hasta ayer vivía extrayendo empatía emocional -y política- de su luto cada vez que le ponían un micrófono enfrente. La respuesta a los que señalan esta sandez debe ser rotunda: sí: hay que politizar las muertes. Porque Once es un hecho político. Porque las 51 muertes -y los 703 heridos- de Once son muertes políticas. Y, fundamentalmente, porque lo contrario de "politizar" lleva a empuñar un arma y resolver problemas, diferencias o inquinas, disparando a la cabeza, sin palabras. O a quedarse en el sillón de la casa masticando internamente la bronca, el odio o la angustia, igualmente sin palabras.
Política es sinónimo de palabra. De tener "voz", como enseñó Aristóteles hace casi 2500 años. Politizar es hablar, tener palabra y expresarla. Eso es lo que define a un "ciudadano". No son, como desde hace años nos quiere hacer creer el antipolítico "relato" gobernante, las víctimas directas las únicas que tienen la "legitimidad de la palabra". Tod@s somos ciudadan@s, por elemental que parezca recordarlo. Y callando o hablando, siempre hacemos política. Siempre somos seres políticos (el zoon politikón aristotélico). Pero es "hablando" (con palabras o con una acción; vgr: ocupar la calle, o tocar bocina) como el hombre habitante de un espacio se vuelve ciudadano de ese espacio.
Y parece que tampoco está de más reiterar que la política, la palabra, el intercambio de puntos de vista, es la forma más civilizada que se da a sí misma una sociedad para procesar la inevitable diversidad de intereses que pugnan en su seno. Es lo que Maquiavelo llamaba "discordia" entre la "plebe" y el senado (o, lisa y llanamente, entre "facciones", en palabras de James Madison) e identificaba como motor de grandeza de una república. A quien le interese la cuestión, puede ver esa extensa y bella obra del florentino que constituyen los Discursos sobre la primera década de Tito Livio.
En Argentina, mientras desde el discurso se festeja una y otra vez "la vuelta de la política", de repente, ante lo de Once, la política oficial enmudeció. Y Once se "judicializó". Y el Estado trocó de "respondable" a "querellante". Hay que revertir esa operación del poder. Hay que "polítizar". Lamentablemente, es un tópico argentino que las sensibilidades del pueblo se despierten a partir de tragedias, de muertes. Y que a partir de ellas, también, se articulen demandas y luego, con suerte, políticas públicas.
Entonces, sí: hay que politizar las muertes de Once.
Y "politizar" implica, por ejemplo, poner sobre el tapete que la ausencia número 52 es, a la vez, la más y la menos importante. La menos importante porque no se trata de una persona (física). Pero en un punto debería ser la más importante, porque su ausencia fue la que se llevó las 51 vidas que hoy nos faltan a todos. Se trata, por cierto, del Estado nacional, conducido hace casi 10 años por este proyecto kirchnerista que se jacta de la "vuelta del Estado" y de la política, cuando en verdad seguimos viviendo bajo la arquitectura jurídica y política que tan meticulosamente se implementó en épocas de Domingo Cavallo y Carlos Menem, este último hoy alidado del Gobierno. La ausencia 52 se palpa en la falta de controles a los servicios públicos de toda índole, en el vaciamiento de empresas públicas, en la desinversión, en la infraestructura colapsada, en las pequeñas obras inauguradas y reinauguradas para que el coro de aplaudidores festeje las ocurrencias de Ella; ausencia de políticas de Estado (tarea: mencionar al menos una -que no sea el Mercosur- política consensuada con la oposición) y de visión de país a futuro (¿qué pasará después de 2015?). Y en cada uno de los mojones del "relato oficial" sobre el "modelo" que, finalmente, se terminó estrellando en Once.

La presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, es hoy única y eterna beneficiaria de todos los "logros" del "modelo" que se relatan desde el 25 de mayo de 2003 a la fecha. Sin embargo, frente a lo ocurrido en Once, Ella miró y mira para otro lado, faltándole el respeto no sólo a los 51 muertos y a los 703 heridos sino a todos los ciudadanos del pueblo argentino.
"Todavía no se comunicó con nosotros, pero aún puede hacerlo. Está a tiempo", dijo por TV días atrás la madre de Lucas Meneghini Rey. Hasta aquí, la estrategia de CFK fue hacer la del "avestruz": esconder la cabeza e intentar empardar -politizar- su dolor por la muerte de Él con el colectivo dolor popular por lo de Once, como si una muerte natural pudiera -y acaso debiera- compararse con un hecho social y político ocurrido por años de olvido y desinversión por parte del Estado nacional, siempre ausente: o "selectivamente presente", como diría el sociólogo francés Loïc Wacquant.
Sí: hay que politizar las muertes de Once. No volvamos a asesinar a los que ya no están con el silencio.
De ese modo, a un mes de la masacre de Once, consignas que han sido estandarte de los organismos de derechos humanos -hoy llamativamente ausentes ante esta tragedia-, y que le ha sido tan útil por años al kirchnerismo, se vuelven, impensablemente, contra ellos:
L@s 51 muertos y l@s 703 heridos están PRESENTES Y NO DEBEMOS OLVIDARLOS.
A los responsables políticos y penales de la masacre de Once: JUICIO Y CASTIGO.
Eso expresará el "bocinazo nacional" de hoy a las 8:30, y eso exigirán los familiares de las víctimas y el pueblo todo a las 20:00 en el acto de Once.


(Imágenes: diario Clarín. Hacer click en ellas para agrandarlas)

26/2/12

Constitución versus Once

Constitución y Once. Dos barrios porteños. Dos importantísimos centros de circulación y transbordo diario de laburantes de la Ciudad y el Conurbano. Pero también constituyen un interesante juego de palabras con gran peso específico en el juego político argentino. Veamos.

En primer lugar, (la reforma de la) Constitución -con la burda excusa de cambiar del presidencialismo al parlamentarismo- es, desde hace un tiempo, pero fundamentalmente después del tan mentado 54% obtenido por Cristina en las presidenciales del año pasado, el emblema de la continuación del proyecto K, del peronismo versión "nacional y popular", de la Revolución en marcha, del "piso y el techo" zanatteliano, de las transformaciones que el Relato Oficial pregona a través de todos sus tentáculos mediáticos. Y todo eso que ya conocemos bien. El mundo virtual, en fin.
En tanto que (la masacre ocurrida en) Once esta semana representa cabalmente al modelo en la realidad: no el relato, sino los hechos que cada día lo desmienten. Once es la manifestación más crudamente triste y luctuosa de un Estado que no existe, que no controla, que no mira al futuro del país (más allá de la propia continuación en el poder de sus circunstanciales ocupantes).
Once es la muerte -por implosión- del Relato K.
Once, el Cromagnón de los K, tiene muchos sinónimos que ya conocemos; una cadena de significantes que también nos viene de la década del noventa, pero que el Relato Oficial ha sabido inteligentemente conjurar, alejándose de ella en el discurso, pero sosteniéndola férreamente en la práctica (política). Once es capitalismo de amigos, neoliberalismo, Estado vaciado, Estado bobo, Estado incapaz, Once es corrupción pública, y privada, Once es cortoplacismo populista. Once es subsidios al capitalista para sostenterle la ganancia sin invertir absolutamente un peso en infraestructura (total, el Estado no controla, ni sanciona), mientras repartimos un poco para que parezca que somos "nacional y populares", "redistributivos", pero en realidad sostenemos el mismo porcentaje de pobreza e indigencia que en los noventa.
Once es la continuación de la reforma del Estado de los noventa, pero parcheada. Once es los noventa con otro relato.
Once es, también, en fin, la muestra de lo que pasa cuando se busca acallar periodistas, artistas, opositores, jueces independientes, sindicatos democráticos, organismos de control estatal y de la sociedad civil, y toda la larga lista de voces críticas que pueden surgir en una poliarquía (en una democracia madura, digamos). Cuando por método de discusión se empieza planteando la impugnación de la "pretensión de validez" (la palabra, en fin) del Otro -porque el otro es El Mal, es "gorila", es "destituyente", es "el antipueblo"-, lo que pierde es el debate, es el pensamiento libre, y es la posibilidad de avistar un error o un mal funcionamiento institucional o social y de cambiarlo, mejorarlo.
Así, en síntesis, es la acción política la que se resiente, y es la república la que termina obturada, abroquelada en un pequeño "nosotros" que olvida el interés general en pos del interés del grupo (y esto implica desde los funcionarios con poder a aquellos minúsculos burócratas que se aferran al poder para conservar su sillón).
Once mata. Y lo que es peor: seguirá matando laburantes así como mata simbólicamente, en las palabras, al Otro. El desprecio que vomita la palabra oficial tiene, tarde o temprano, su correlato en vidas.
No hay que olvidarse de Once.
Por lo demás, respecto de la intención de reformar la Constitución, la bandera a levantar debe ser la de empezar a cumplir la que existe. Que exista un presidente legitimado sólo por el voto popular, un presidente fuerte, con controles republicanos, pero fuerte (única forma de realizar cambios políticos). Hoy no tenemos un presidente fuerte. No se confundan. Tenemos un presidente extralimitado, y sin controles. Que no es lo mismo. La lucha sigue siendo la misma: cumplir con la ley, cumplir con la Constitución. Y eso requiere de un cambio cultural, no de un cambio de régimen de Gobierno. Cualquier politólogo sabe que ese tipo de fórmulas no es matemática. Que el mero hecho de que aparezca una nueva ley no genera, per sé, nuevas conductas. Y es más: que está destinada al fracaso si no pondera los elementos culturales, de tradición de ejercicio del poder. Una vez más: que no nos cambien la bocha.
Desde ahora, o desde el momento en que los militantes y funcionarios kirchneristas abandonen el silencio vergonzoso en el que se escondieron -porque crean que la bronca pasó-, y vuelvan a proponer (la reforma de la) Constitución, los ciudadanos, periodistas y políticos que se preocupan por el incesante deterioro republicano que vive el país debemos recordarles (la masacre de) Once.


25/2/12

El Relato causó 51 nuevas muertes

(El Sarmiento soterrado, según lo imagina el Relato)

El Relato causó 51 nuevas muertes. Me decidí por ese título, pero me fue difícil elegir. También tenía estos: "República Cromagnón II" o "La masacre del Sarmiento y el silencio K: ayer, pingüino; hoy, avestruz".
¿Qué implica la metáfora de "Cromagnón"? Es la caracterización palmaria del Estado ausente, del Estado inoperante y corrupto que, finalmente, tarde o temprano, mata. Y el Estado, justamente, existe para lo contrario. Posee, es cierto, el monopolio legítimo de la violencia, pero su existencia ética se basa, primero, en la preservación de la vida de sus ciudadanos y habitantes, y, luego, en la persecución y el alcance del desarrollo y el bienestar personal y colectivo de estos. Once es el Cromagnón de los K. Si hasta ocurrió casi en el mismo lugar. Sólo el cinismo del poder puede ocultar que el Estado es responsable de lo ocurrido y no víctima y querellante, como se pretende.
La Argentina "nacional y popular" -triste realidad, mal que les pese a los cultores del Relato Oficial- es un país reprimarizado, clientelar y de economía extranjerizada y concentrada. Sin inversión sustancial en obra y servicios públicos, sin controles y, consecuentemente, de gran despilfarro del dinero de todos. En el país que hace años vive de fiesta, también conviven la emergencia económica (por ley), la emergencia ferroviaria (desde hace una década), la emergencia habitacional (hasta hace poco en la Ciudad), y varias más: todas consignadas en leyes que nos rigen. Y sin embargo...
En la semana que pasó, luego de la masacre ocurrida en la estación Once del tren Sarmiento, vi por primera vez en Twitter un hashtag con un insulto cargado de bronca e indignación:
#SchiaviHijoDePuta. Por cierto que la bronca no quedó confinada al "mundo virtual" y aún reverbera en el "mundo real".


En términos político-institucionales, es inminente la rescisión de la concesión a los Cirigliano, y la eyección del macri-telermanista secretario de Transporte Juan Pablo "pelotudo" (Hebe de Bonafini dixit) Schiavi. En efecto, opera el Mito del Rey Bueno: Cristina no sabía, la Presidenta no tiene la culpa de la tragedia y tomará las medidas del caso. Las más duras, si son necesarias.
La Revolución continúa, pese a las lamentables muertes.
¿O hay que sacar la conclusión de que éstas son las consecuencias de la "sintonía fina" recientemente cacareada? La sintonía fina figura en los manuales de estudio neoliberales y es lo que se ha aplicado con rigor, "sin anestesia", desde 1976 a la fecha. En ese sentido, me permito recordar que la estrategia lúcida conservadora del siglo XX fue darle bienestar a los de abajo frente al "peligro rojo". Keynes. A no confundirse.


Muchas preguntas, mucho silencio
La masacre ocurrió justo en el Sarmiento, ése de cuyo inexistente "soterramiento" se sigue enorgulleciendo desde su página web el poderoso Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios que maneja Julio De Vido.
Ahora, más allá del decreto de rigor de duelo nacional (no hacía falta el decreto para auscultar el sentir verdaderamente popular, éste sí), quedan muchas preguntas sin responder.
¿Dónde está la presidenta que se jacta de "la vuelta del Estado"?
¿Era el momento para que se refugie en El Calafate, "su lugar en el mundo"? ¿O hubiera sido más acorde a un dirigente ("nacional y popular") ponerse a la cabeza del dolor de todos? No es la primera vez que el Relato enmudece frente a una muerte. Ni que hablar cuando se multiplican por 50 y acá en la propia cara del poder...
Y la CGT que "defiende a los trabajadores", ¿dónde está? Sólo pelean por el poder y por la Kaja.
¿Y "los soldados de Cristina", esos que están "para la liberación"? ¿Dónde están? Escuchan un grito o huelen un fueguito y se refugian en Madero-Telmo.
Leí por ahí una metáfora que tiene, para mí, una precisión quirúrgica: "Ayer, pingüino; hoy, avestruz". Un buen editorial en cuatro palabras.
Permitanmé agregarle una cuota de cinismo K: Cuando, en 2003, Nésto (Carlo) tenía el 22% de los votos, los K hablaban de la "legitimidad de ejercicio"; ahora que está visto que hace 9 años que no gobiernan hablan del 54% de los votos ("legitimidad d origen"). Aprendan, no peronistas.
Y hablando de no peronistas: ¿y la oposición? ¿Sigue de vacaciones hasta el 1° de marzo?
Hemos pasado, en esta Argentina peronista versión "nacional y popular", del "Ramal que para, ramal que cierra" al "ramal que no invierte, ramal que mata". No sé qué es peor. Un dirigente del gremio La Fraternidad recuerda que la concesión a los Cirigliano ocurrió en 1995 bajo la matriz neoliberal privatizadora, y fue extendida por la UCR en el poder, en el año 2000, con ampliación de beneficios, pese al flagrante inclumplimiento del contrato. Como se ve: nadie está exento de responsabilidades: ni el peronismo que gobierna hace 30 años, ni su opuesto radical de ayer y de hoy, ése que busca pragmáticamente aliarse con De Narváez, Macri, o quien les provea los votos que se les escapan por incapaces desde hace añares. Ni jueces que disculpan ni sindicalistas empresarios. Ni empresarios prebendarios que buscan el calorcito del poder, para vivir, según la clásica imagen, "de la teta del Estado". De un Estado igual de bobo que en los 80 (el "Estado elefante") y en los 90 (raquítico). "Hubo 200 descarrilamientos del Belgrano Cargas y ninguna sanción estatal: falta un régimen de penalidades", sostiene un informe de la Auditoría General de la Nación sobre el estado ferroviario. ¿Cuál es el poder de los organismo de control en este país? Sigo preguntando: ¿Y la Oficina Anticorrupción? ¿Y la SIGEN?
La matriz neoliberal permanece intocada por el kirchnerismo: con el desguace del Estado, cayeron en la volada todas las capacidades estatales para controlar, hacer cumplir la ley y sancionar a privados o concesionarios que lograron hacerse del botín.

"Al pueblo le sobra pintura"
Esta semana murieron en Once 51 laburantes, el verdadero pueblo que se desplaza todos los días desde el áspero Conurbano hasta la Ciudad para "parar la olla". Eso es lo que impacta: que murieron todos juntos. Pero la deshumanización que implica viajar animalescamente también es una lenta muerte, amigo nacional y "popular". Te va quedando grande el discurso.
Los K tienen TODO EL PODER (los tres poderes, las provincias, los gremios) pero la culpa es de "la opo", "las corpo", Duhalde, Cirigliano, bla bla. Es hora de que la exigencia ciudadana sea la de cumplir la ley y la de rendir cuentas ante la opinión pública y ante una Justicia independiente, no ante la "Justicia Subrogante" o la del Sorteo. El símil "nacional y popular" de la "mayoría automática" de la Corte Suprema menemista.
La masacre de Once dispara muchas preguntas, que no son nuevas. Pero esta vez no tienen como respuesta el cinismo del poder, como casi siempre, sino el silencio. Esta vez es distino. La bronca popular muestra a las claras que a los K se les está cayendo inexorablemente la careta.
¡Pero no! Atención, no caigan en los golpes bajos: los K piden "no politizar" la tragedia -un hecho social, en fin-; esos mismos que se jactan de pregonar "la vuelta de la política". Hay que hablar. En una república, el silencio no es salud. Esconder la cabeza como el avestruz, tampoco. Esto no es nuevo para el kirchnerismo, bien mirado: en 2004, cuando ocurrió lo de Cromagnón, Él y Ella también huyeron para El Calafate y no volvieron por diez días.
Como reza la frase de presentación de este blog: "El pueblo, escribe Maquiavelo, quiere, simplemente, que no lo jodan. Igual que este buen hombre. Y como a este buen hombre, señores gobernantes, al pueblo también le sobra pintura".
Es hora de asumir las responsabilidades republicanas de las que ustedes mismos se jactan mentando el -cada vez más disminuido- 54%, señores gobernantes. Den la cara, pongan el cuerpo y soporten las puteadas. Para eso fueron votados, al fin y al cabo: para hacerse cargo. El pueblo se los está reclamando a gritos.

13/1/12

El kirchnerismo y la "política tramposa". O el cáncer de la mentira

Néstor Kirchner fue un "tramposo". Y precisamente allí residió -y reside- su principal atractivo; el más fuerte componente seductor del kirchnerismo. Pero, bien analizada, esta seducción reside en un equívoco.
Ser "tramposo" implica, en cierto contexto, por raro que parezca, una acción ética positiva. En efecto, el filósofo francés Jean-Paul Sartre hacía una distinción ética entre “cerdos” y “tramposos”. Pensaba la acción (política) en tiempos difíciles. Guerras, dictaduras. Sucintamente, mientras el "cerdo" cumple con la orden del jefe o superior, coincida con ella o no, el "tramposo" también lo hace, pero logrando incorporarle un contenido subliminal -o no tanto- que niegue, contradiga, relativice o ridiculice aquella orden. Una actitud subversiva. Ambos hombres son inexcusablemente libres y actúan con libertad, por cierto. Pero también, sartreanamente, su acto los define. Hoy Sartre está en desuso, es cierto. Pero estas categorías sirven para el presente artículo.
La velada crítica que conlleva el famoso dibujo de Emilio Eduardo Massera mirándose al espejo, publicado por Hermenegildo Sábat cuando el Almirante Cero estaba en el poder, es un claro ejemplo del "tramposo". En la visión kirchnerista actual, todos los periodistas de los "medios hegemónicos" son "cerdos" adulones de Mitre o Mag-netto, según dónde sea que acaten órdenes. No así, claro, los "periodistas militantes" de la causa nacional y popular que son los voceros de este "modelo de transformación social". (1)
Abundemos en la figura propuesta. El "tramposo", como Sábat durante la dictadura, actúa en un contexto adverso, en el que se juega la vida; carente de toda red, lanza al mundo su acción "tramposa" hacia el poderoso.


Néstor Kirchner nos legó fundamentalmente eso: la "trampa". Él fue un "tramposo", en este sentido ético positivo del término. Cumplió, cuando carecía de poder, con el dictado de los poderosos, mientras cimentaba el suyo propio. Cada gesto positivo que el "relato" oficial ensalza del extinto ex presidente puede considerarse de ese modo, así que no voy a explayarme en esta cuestión. El EterNéstor. El (falso) Eternauta que lucha y resiste contra el poder opresor. Bla bla.
Por definición, una acción es "tramposa" cuando ataca a un superior. Pero cuando las víctimas de esa acción no ostentan ese estatus superior, la "trampa" se vuelve trampa, sin vueltas. Una mentira sin épica social ninguna.
Creo que el concepto que intento formular es bastante palpable. Refiere a las "trampas" que Néstor tendió en apariencia a los poderosos pero que se volvieron trampas para el pueblo. Pongámoslo más fácil, con ejemplos. Uno, ya clásico: el falseo de los números del Indec, según se justificaba en voz baja desde el poder en 2006, era para quitar puntos de deuda al país. Es decir: trampeaban por nosotros. Pero luego resultó que la inflación era trampeada, también. Y con ello, como sabemos, perdían los laburantes. Los mismos de siempre, en fin.
Otro ejemplo, ya clásico, también: la "Ley de Medios de la democracia" venía a traer más democracia a la democracia, a volver plurales las voces, a deshacer los monopolios de la "corpo mediática" comandada por Mag-netto, ése que hasta dos días atrás cenaba con Néstor en Olivos. Y bien: ni los monopolios dejaron de ser monopolios, ni las voces se volvieron plurales. Vivimos, en cambio, una guerra de poderosos (privados, estatales y pseudo-estatales) en la que, como en toda guerra, la primera víctima es la información. Las ONG, las comunidades locales, vecinales, y la de los pueblos originarios no han podido acceder a la palabra aún, vigente ya la nueva ley hace dos años.
Corresponde la pregunta: ¿terminará pasando lo mismo con la bonita Ley Antiterrorismo?...
Dos ejemplos, nomás, de "trampas" ante los poderosos que se volvieron trampas a secas para el pueblo.
Posible objeción: ¿Carlo no fue un mentiroso, también, acaso? Por cierto. Pero "blanqueó" su nuevo contrato apenas asumió el poder al decir: "Si hubiera dicho lo que iba a hacer, no me votaba nadie". Y lo volvió a suscribir en cada oportunidad, a fuerza de cinismo. Por lo demás, fue mentiroso, pero no fue "tramposo", según la definición que estamos planteando aquí. De modo que no hubo ambigüedades que turben la interpretación de lo que fue el menemismo.

Néstor Kirchner sí fue un buen "tramposo", entonces. Pero el problema es que Néstor Kirchner también fue un tramposo a secas. Y la lista es larga. Empezando por los "fondos de Santa Cruz", siguiendo, por caso, por la invención de un pasado heroico en los 70, o las campañas sucias contra Olivera, contra De Narváez, la intervención del Indec y el consecuente trampeo de los números de la inflación y el ocultamiento de la pobreza en Argentina; o el ocultamiento de los informes negativos de los organismos republicanos de control, el vaciamiento del Consejo de la Magistratura; la "nacionalización" tramposa de las AFJP para usar sus fondos para financiarse, la reestatización de la vaciada Aerolíneas Argentinas bajo el argumento tramposo de "integrar al país" pero no a través de la producción (para ello se necesitan rutas y trenes vigorosos, que no los hay) sino del turismo; la defensa tramposa de los derechos humanos; las cintas de la AMIA que nunca aparecieron, los 20.000 millones de dólares chinos que nunca llegaron, la corrupción en la obra pública y en la entrega indiscriminada de subsidios a empresarios amigos o testaferros; el financiamiento de las campañas, las candidaturas testimoniales, el falso "diálogo político" que devino en la "reforma política"; Oyarbide y la Justicia del Sorteo (o el Sorteo a la Justicia); o el vanagloriarse de haber implantado una "Corte independiente" pero desconocer sistemáticamente sus fallos; las dudas sobre el patrimonio del matrimonio, la falta absoluta de transparencia en la administración del Estado y sus recursos, los medios oficiales propagadores y justificadores de la Mentira Oficial (que alcanzó incluso a la propia salud del ex presidente), la prolongación ad eternum de la ley de "emergencia económica" por más que hace ocho años que la economía viene creciendo a tasas chinas, el uso de los "superpoderes" (los mismos que pidió y tuvo Domingo Cavallo), el manejo discrecional de las partidas de presupuestos nacionales siempre mentirosos, la constante apelación a un "Estado presente" desmentida a cada paso, en cada tragedia que confirma que Argentina sigue estando desamparada, que seguimos siendo República Cromagnón (2); defender desde el discurso la libertad de expresión pero quitar la pauta oficial a los medios no alineados y criminalizar la protesta cada vez más (la Ley Antiterrorista es la última frutilla de este postre); llamar "sintonía fina" al durísimo ajuste que se viene, consecuencia de haber pregonado tramposamente el "modelo productivo de inclusión social con matriz diversificada" pero, en cambio, haber beneficiado a los más ricos y haber primarizado, concentrado y extranjerizado la economía más aún que en los denostados años noventa; y tantos otros ejemplos, muchos de los cuales ya han sido y son motivo permanente de reflexión en este blog.

La anterior enumeración incluye a nuestra actual presidenta, Cristina Fernández de Kirchner. Cristina también se presenta inconscientemente como "tramposa" (es mujer, el "sexo débil") pero actúa tramposamente, sin comillas. Evidentemente, los políticos argentinos sienten que no alcanza con la legitimidad del voto para gobernar. Y necesitan reconstruir esa legitimidad desde otro lugar que no es el institucional. Tema para desarrollar en otro post.
Así, la trampa a secas, la trampa sin épica, la trampa desde el poder, tiene sus consecuencias. En efecto, en el reino de la trampa y de la mentira, todo está bajo sospecha. Ése es el mundo K. Allí es donde mejor se mueven. Allí ganan ellos. De noche, todos los gatos son pardos. Hasta que un tiro te sale por la culata. Lo demuestra el último episodio de esta zaga, que comienza como una torpeza oficial y termina en sospecha debido, precisamente, a la larga lista de jugadas tramposas del gobierno nacional en estos ocho años. Me refiero, por cierto, a la -por suerte- anécdota del falso cáncer de la Presidenta.
Al respecto, la buena salud de la Presidenta es una buena noticia. La salud de la república, no tanto. Ante el escenario de un cáncer -aunque presuntamente controlado, según se informó al principio-, apareció nuevamente la fragilidad institucional de la Argentina, mostrando cómo concentra alegremente todo su poder en su vértice -mal que les pese a los militantes K- mortal de uno de los tres poderes: la cabeza del Ejecutivo.
El problema aquí, otra vez y para finalizar, no es la supuesta mentira del cáncer, sino que, una vez más -y para usar una metáfora biologicista poco feliz pero que viene a cuento tras este lamentable bochorno-, el problema es el cáncer de la mentira, que todo lo pone bajo sospecha. ¿Cómo interpretar, si no, la supina estupidez de creer que, en realidad, la muerte de Néstor fue una puesta en escena, como se escucha o se lee por ahí cada dos por tres?
Brevemente: en el barro de la "trampa" y de la trampa a secas, la lucha (política) por el reconocimiento mutuo es imposible: es una mentira más.
La mentira, y los distintos actos "tramposos" y tramposos, fueron el ambiguo legado del pastorcito Néstor y de la dirigencia kirchnerista en su conjunto. No lo hacen por nosotros. No trampean por nosotros: es su forma de acumular poder. Es imperioso que tanto la clase política toda como la sociedad se planteen de una vez por todas empezar a salir de esta ambigua ética de la trampa instalada en el país en la última década. Porque, en el reino de la mentira y de la desconfianza, hay algo peor que el hecho inexorable de que aparezca el lobo y comience a comerse a las ovejas. Y es que, antes, éstas terminen comiéndose entre sí.

(1) Otro modelo alternativo al "tramposo" Sábat durante la dictadura, para seguir tipificando, fue el sincericida Rodolfo Walsh, quien, como buen "parresiasta", se comprometió a "dar testimonio en tiempos difíciles" gritando por escrito los "errores", "crímenes" y "calamidades" de la primera Junta Militar en su famosa Carta Abierta de 1977. Es el modelo publicitado por los K, el periodista idealizado, bien que poco conocido. Walsh fue un orgánico de Montoneros, pero también un intelectual honesto y crítico, que no tuvo pelos en la lengua para criticar a la cúpula de esa organización cuando lo creyó necesario (y quizás no oportuno).
(2) La última noticia de República Cromagnón es, precisamente, de hoy: un conductor borracho de una camioneta hizo un desastre en la ruta 11, pese a que otro automovilista había avisado dos veces al 911 y la policía, bien gracias.