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2/11/15

SCIOLI O MACRI: derecha clásica o derecha disfrazada de progre

 

Daniel Osvaldo Scioli o Mauricio Macri. Uno de estos dos argentinos va a gobernar el país a partir del 10 de diciembre de 2015. Irremediablemente.  "Voto en blanco" no gobierna. "Impugnado", tampoco. Afirmación fuerte desde el vamos: en el delicado contexto que viven las instituciones argentinas (que la frase presidencial "Vamos por todo" sintetiza como nada) y la paupérrima situación social y económica, el voto en blanco es tal vez como nunca antes un lavarse las manos: lo harán aquellos que pretenden mantenerse en el hegeliano universal abstracto, puros e incontaminados, para después terminar sus implacables -y seguramente pertinentes- críticas al próximo Presidente con un "Yo no lo voté".
Hay que empezar el análisis sosteniendo categóricamente que nunca un proyecto político argentino gobernó cuatro  períodos consecutivos en democracia desde la reforma electoral de 1912, ni fue tan mesiánico ni concentró tanto poder (e hizo proporcionalmente tan poco por la equidad social) como el kirchnerismo. Poderoso pero, a la vez, generador de políticas públicas deliberadamente "frágiles". Es lo que llamo el "círculo vicioso populista":

Gobiernan x decreto >> los "beneficios" dependen del paternalismo y la "bondad" del gobernante >> gobiernan apelando al miedo >> sólo ellos son proveedores.

Muchas de las políticas sociales o planes del kirchnerismo salieron por decreto (la AUH primero salió por decreto, también). Tan solo un ejemplo: el PRO. CRE. AR. Si el PRO. CRE. AR. hubiera salido por ley, mañana sería necesaria otra ley para darlo de baja. Pero salió en 2012 por el Decreto 902 (menciono este plan porque fue utilizado en estos días por el kirchnerismo para sembrar miedo diciendo que se podría dar de baja). Como tantos otros planes. Con otro decreto caería(n). A los K les sirve ciertamente para crear pánico entre los pobres y beneficiarios.Y si esto parece exagerado, véase el ridículo tuit de la ministra de Economía de Scioli, Silvina Batakis.


Recuérdese: hay activos unos 18 millones de planes en la actualidad, que reciben más de 10 millones de argentinos. Una cantidad nada despreciable (de votos). Así gobierna el populismo: crea políticas públicas paternalistas y frágiles y luego mete miedo sobre esa debilidad institucional.
Entonces, ¿Scioli o Macri? En otras palabras: ¿darle más poder a la derecha gobernante o votar otra derecha? Esas son, para mí, las pobres alternativas que nuestra dirigencia política contemporánea ha sabido construir para presentarle a la sociedad. ¿El kirchnerismo, de derecha? Por supuesto. Esa cuña argumentativa es la afirmo desde el nacimiento de mi blog. Por eso, lo primero que les pregunto a los ridículos que azuzan que "se viene la derecha" (como si ya no gobernara) es: ¿con qué índice de pobreza se fue Menem en 1999 y con qué índice de pobreza se va CFK en 2015? Comparemos. Comparemos también en cuánto está la deuda pública, a pesar de los 190 mil millones de dólares que se jacta de haber gatillado la "pagadora serial". Lo demás es cháchara. Jamás responden (no hay respuesta en el caso de la pobreza, por cierto; porque el oficialismo hace dos años que escondió los pobres bajo la alfombra estadística). Otra pregunta, no tan "zurda", más desarrollista, podría ser: ¿qué importa la Argentina, y qué exporta? Qué rol ocupa en la división internacional del trabajo, en fin.


¿"Vuelven los 90"? ¿Se viene la ALIANZA?
Si "vuelven los 90", ¿Macri privatiza YPF con el apoyo de la Gobernadora de Santa Cruz, Alicia Kirchner, como el que le dio Néstor al Carlo?
Si gana Macri, los menemistas que entregaron YPF a Chevrón, la cordillera a la Barrick, la Patagonia a los chinos, la pampa húmeda a Monsanto y la soberanía jurídica a Irán, prometen "resistencia" frente al neoliberalismo. El chascarrillo pone en tela de juicio que los 90 hayan dejado de gobernar en esta "década ganada".
"Macri es la Alianza", repite y repite Scioli. ALIANZA: Conti, D'Elía, Alicia Castro, Chacho, Garré, Ibarra, Sabbatella, Filmus, Giorgi, Abal Medina (h), etc., etc. Todos funcionarios actuales del gobierno nacional y popular. Desde 1983 a la fecha, Argentina ha tenido liderazgos carismáticos. El único presidente "racional" o no carismático se terminó yendo en helicóptero. Eso es lo que está detrás también del recuerdo de la ALIANZA: la amenaza del desgobierno. No obstante, el escenario si gana Macri será muy otro: en principio, ya no estarán los Barones para punchear. No es un dato menor. Creo, en efecto, que aún no hemos dimensionado bien el valor histórico -y el poder- del voto del 25 de octubre. Por lo demás, hablando de la ALIANZA y del 2001, ¿quién da más De la Rúa: Macri o Scioli?

¿Scioli o Macri?
Me atrevo a sostener la siguiente hipótesis: si gana Macri y (1) termina el mandato y (2) no administra la cosa pública taaan desastrosamente (esto es: si no encara un suicida ajustazo sin anestesia), el sistema político argentino puede reconfigurarse hacia un levemente cambiante pero aceptable y estable bipartidismo. Esta constituye una posible consecuencia positiva -en términos de gobernabilidad y de juego político republicano- de una victoria del PRO: acabar con la dominancia del "partido predominante" argento: el peronismo. Gobierno y oposición.
Creo que el contexto histórico y político argentino está dado para ello. En efecto, Massa fue sutil en su conferencia de prensa pos elecciones y de cara al balotaje. Dijo sin decir. Massa apoya "el cambio" si el cambio se da con diálogo. Pretende ser un "opositor dialoguista". Apuntalar la gobernabilidad. Intentará ser a Macri algo así como lo que fue Cafiero para el débil Alfonsín de la vuelta de la democracia. Pero también Massa aportará la necesaria dosis de freno al oficialismo, si logra ubicarse, como pretende, como líder opositor. Ya casi lo es. Scioli carece de liderazgo y se extinguirá el mismo 22 de noviembre si pierde el balotaje. Cristina tiene liderazgo y ascendencia, pero sólo entre los suyos, el kirchnerismo duro, cada vez más esmirriado. Cristina también es abanderada de la derrota, junto con Scioli y Aníbal Fernández, que obtuvo menos votos aún que Herminio Iglesias en 1983. Demasiado desastrosa la performance de algunos peronistas como para ser cabeza de algo.
Y a esta división del peronismo se le suma el hecho de que una eventual victoria de Macri colorearía de amarillo el gobierno nacional, el porteño y el bonaerense: algo inaudito desde hace 18 años, lo que podría redundar en políticas consensuadas y muy beneficiosas para el AMBA, que las necesita con urgencia.
Néstor asumió en 2003 con la idea de ir contra los Barones del Conurbano. A poco de andar vio que no podía y se unió a ellos. Al final, a estos feudales o "minigobernadores" (es precisa la metáfora del Turco Asís) los terminó corriendo el voto popular. ¿Moraleja? No hay que menospreciar el poder del voto. Digo esto porque, no todos, no sé cuántos, pero estoy convencido de que habrá mucho "voto vergonzante" de los dos lados el 22 de noviembre: a derecha y derecha. El lunes posterior a la elección general me encontré con cuatro conocidos que hasta la semana anterior me decían: "Noooo. ¡A Macri? A Macri no lo votaría ni en pedo", y que ante la repregunta respondieron: "Y... ahí en el cuarto oscuro me jugué y tome la decisión. Ni yo lo tenía pensado. Pero me dije: 'basta de kirchnerismo'". Tengo para mí que fueron más de cuatro los que actuaron así. Por eso, no pudo anticiparse semejante resultado, en parte.
Mi pálpito, además, es que el voto en blanco + ausentismo (una forma tal vez menos culposa o traumática de afrontar el momento de decisión electoral) va a ser mayor en el balotaje que en la general, donde hubo 596.025 votos en blanco. ¿Cuántos de los 619.051 votos que obtuvo Stolbizer "ganarán" votando ahora blanco? Aníbal F no estará para transformar el voto horror en voto a Vidal/Macri. En las generales votó un 79% del padrón electoral: un 5% más que en las PASO. Pero ahora es a cara de perro: Macri o Scioli. Y ambos espantan a muchos.


El "mal menor"
"El concepto de mal menor es uno de los más relativos. Enfrentados a un peligro mayor que el que antes era mayor, hay siempre un mal que es todavía menor aunque sea mayor que el que antes era menor. Todo mal mayor se hace menor en relación con otro que es aún mayor, y así hasta el infinito. No se trata, pues, de otra cosa que de la forma que asume el proceso de adaptación a un movimiento regresivo, cuya evolución está dirigida por una fuerza eficiente, mientras que la fuerza antitética está resuelta a capitular progresivamente, a trechos cortos, y no de golpe, lo que contribuiría, por efecto psicológico condensado, a dar a luz a una fuerza contracorriente activa o, si ésta ya existe, a reforzarla".
El fragmento de texto que acabo de citar sobre el "mal menor" es del gran pensador marxista italiano Antonio Gramsci. No se me escapa este gran peligro latente que representa Macri. Soy consciente de que la sociedad argentina toda, empezando por la dirigencia política, oficialista y opositora, me lleva a optar por uno de estos dos... candidatos. Scioli o Macri representan cabalmente las "opciones" políticas que nos deja un gobierno que destruyó a la oposición y no supo formar sucesor. No quiso, en rigor: "la patria" para estos MM (mesiánicos y mezquinos) "empezó" en 2003 y termina cuando se van Ellos. Después: arreglate.
Los que me conocen saben que no soy de hacerme el oso. Votaré al "mal menor" para derrotar en las urnas al autoritarismo mesiánico de los K. Y mañana criticaré al Presidente que voté seguramente con más fundamento y sin duda con igual derecho que aquellos que votaron al otro o escaparon por la tangente incolora e indolora de la historia.
En esta particular encrucijada política argentina, tengo muy claro que opto por la derecha que tiene los huevos de asumirse como tal antes que por la derecha que se disfraza de izquierda o de progre para cazar giles, para decirlo en criollo. Esta última me resulta mucho más dañina. Al pasado reciente, y no tanto, me remito.
Nótese que en mi análisis no hay una sola línea sobre economía. Me concentro en la configuración que podría tomar el poder luego del 10 de diciembre. El papel y el poder que tendrán entonces el oficialismo y -quizá por primera vez en mucho tiempo- la oposición. Detrás de la persona, de Macri o de Scioli, lo que se observa es eso: la posibilidad de una disputa republicana, en un caso; o la continuidad de la democracia absoluta, en otro. En tal sentido es que sostengo que, si bien ambos candidatos orientados en el mismo costado del espectro ideológico, Macri y Scioli no son -no comportan- lo mismo. En efecto, Macri podría estar bailando en la foto que encabeza este post, pero también podría estar haciendo equilibrio (de poder).
Pero, ¿a quién le importa el poder si, como azuza el oficialismo por estos días, en una triste apelación al miedo como recurso de campaña, de "ganar Macri va a bajar los sueldos"? Importa: porque de hecho la posibilidad de sostener en el tiempo una política de ajuste -como la que de hecho gradual pero inexorable viene sosteniendo el kirchnerismo; no lo olvidemos- depende en gran medida de la capacidad de freno de la oposición, que como digo quedaría bastante diezmada de ganar Scioli. "Si le das más poder al poder, más duro te van a venir a coger", para decirlo con una canción popular de protesta.
"Solo el peronismo puede gobernar Argentina", reza una máxima... peronista. El ingenioso pueblo argentino ha decidido ponerla en suspenso o a prueba, echando con el voto a los Barones de Conurbano y al peronismo del gobierno provincial. En tal sentido, la elección del domingo 25/10 me confirmó una certeza profunda: NO SOMOS NI SEREMOS VENEZUELA.


Quizá suene demasiado optimista o cándido, pero creo que el pueblo argentino se cansó y se animó a decir BASTA a los gritos, a la soberbia, a la prepotencia y a la extorsión moral y económica. ¿Se animará a sostenerlo en el balotaje o podrá más el miedo? Como digo siempre aquí en mi blog: al pueblo le sobra pintura... No lo jodan.
Nada se habrá ganado (ni "ganado") si en el balotaje triunfa "el cambio". Será, apenas, un primer paso. Importante, mas solo un primer paso: una puerta que se abre hacia la posibilidad (he repetido mucho esta palabra en este texto, no casualmente) de recuperación del Congreso, y con él la chance -¡posibilidad!- de iniciar el camino de las políticas más duraderas en el largo plazo, que son las consensuadas; de la Justicia, del federalismo, de un sindicalismo honesto, de un Indec sano (los ojos del Estado), y demás. Será un volver a empezar.
Porque no es cierto que se necesita un Leviathan moderno, como creían Schmitt o el último Laclau, para lograr políticas públicas a favor del pueblo. El kirchnerismo -que no es para siempre- lo demostró en estos años en que tuvo la suma del poder público y ni siquiera puso en agenda algo elemental: una reforma tributaria progresiva. Y somos el país con más carga impositiva del planeta.

¿Del "mal menor" a la república?
Este "mal menor" que es para mí Macri abre, quizá a su pesar, pero ciertamente a partir de la configuración objetiva del reparto del poder que configuraría, un posible escenario republicano hace tiempo extraviado en el juego político argentino. El problema es  que no sólo los gobernantes (que se creen "buenos" y providenciales) sino tampoco los argentinos somos republicanos. Ni siquiera lo son los que creen ser republicanos y no saben de qué hablan: solo apoyan a otro líder "bueno". Es la visión instrumental del Estado, demodé, de creer que ocuparlo con "nosotros, los buenos" los problemas se van a solucionar per sé. No necesitamos que ganen "Nosotros, los buenos" (Donda dixit), ni los "honestos". Eso es mas mesianismo, más kirchnerismo. Necesitamos república: división de poderes y controles. Una república fuerte corrige sola errores o desviaciones corruptas.
El sociólogo Juan José Sebreli -y muchos perejiles a partir de él- dice que la opción es "populismo o democracia". FALSO. El populismo es la versión moderna de la vieja democracia griega. La opción es populismo o república. ¿Qué significa república? En primer lugar, un sentir y una convicción profunda: y es que los hombres son malos, por eso necesitan gobiernos; y que los poderosos son más malos aún, por eso necesitan control, como admirablemente sintetizó James Madison. Ésa es la base del republicanismo moderno. La fe -el sentir- del populismo, en cambio, es que el hombre es bueno. Y que el líder es el más bueno de todos. Así nos va. En fin. ¿Se entiende ahora por qué importa poco la honestidad de un político? Porque el republicano no cree en prohombres sino en LA LEY. El hombre sólo es libre siendo esclavo de la ley. Una ley justa y pareja para todos. No, por cierto, una ley que sólo rija "para los enemigos".



En síntesis, las dos opciones que compiten por la Presidencia no representan un modelo de país demasiado diferente. Pero Macri es, desde mi punto de vista, la única que ofrece en el horizonte político la posibilidad -otra vez "la posibilidad"- de desactivar esta democracia delegativa (O'Donnell) y tan peligrosamente clivajizada en que hemos vivido esta "década ganada", de que se retire el deseo de una democracia absoluta y de empezar a apuntalar una república y resolver los distintos intereses legítimos que se manifiestan y se expresan en las complejas sociedades contemporáneas a partir de las instituciones. Será responsabilidad de todos construir un alternativa superadora para 2019 pero, por ahora, "es lo que hay", como dicen en la calle.
En lo personal, desde el 10 de diciembre seré, como siempre, el primero en observar las decisiones políticas del nuevo Presidente y en cuestionar lo que considere cuestionable. Gane quien gane.
Sepa el pueblo votar.

7/9/12

Miedo

"Solamente hay que tenerle temor a Dios,
y a mí en todo caso también un poquito".
Cristina Elisabet Fernández Wilhem de Kirchner,
a la sazón, presidenta de la República Argentina.


De la saga Una imagen vale más que mil palabras... Y por si no alcanza, aquí pueden asustarse más, leyendo el discurso completo del día de ayer de CFK.
Lo cierto es que, al hablarle a sus funcionarios, la Presidenta cristalizó ayer, con esas palabras que encabezan el post, algo que es bien sabido: no sólo que los funcionarios le temen, le tienen pavor, sino que ella quiere que así sea, que le tengan miedo, ese sentimiento que para Platón o Aristóteles es propio de las tiranías (parejamente al odio); esa afección triste que, para el filósofo Spinoza, disminuye la potencia de obrar. "El Estado soy yo", como se dice que sentenció Luis XIV. Témanme.
Como saben, soy partidario de otra frase, la que encabeza mi blog:

El pueblo, escribe Maquiavelo, quiere, simplemente, que no lo jodan. Igual que este buen hombre. Y como a este buen hombre, señores gobernantes, al pueblo también le sobra pintura.


En palabras del federalista Thomas Jefferson: “Cuando el pueblo teme a su gobierno, hay tiranía; cuando el gobierno teme al pueblo, allí hay libertad”. En efecto, pese a lo que dejan traslucir las palabras de Cristina, quienes verdaderamente le tienen terror al pueblo son los que están en el poder. Temen a la calle, que es de donde vienen: del 2001. A no olvidarse.

21/11/10

¿Cerdos o tramposos? El periodismo pragmático y la democracia

"Los profesionales son como las prostitutas, escriben mentiras en defensa de los intereses de los que les pagan. Los militantes, en cambio, escribimos la verdad al servicio del pueblo. Soy primero militante; después, periodista".
Martín García, flamante presidente de
Télam, en La Nación de hoy.

En este blog ya hemos hablado de Clarín y de La Nación (ver post). Hemos hablado de Tiempo Argentino, y de Página/12 ó 678 (ver post). Hemos hablado, en fin, del periodismo -devenido en- opositor y del oficialista. Ambas representan dos formas de la actual decadencia de gran parte de nuestro periodismo. En este nuevo post quisiera darle nombre:
el periodismo pragmático”.

¿Para qué informar?

La anécdota, muy comentada en el ambiente periodístico, cuenta que un medio busca contratar a un periodista. Luego de las preguntas de rutina, se les hace a los aspirantes una prueba que consiste, obviamente, en realizar una nota. El experimentado periodista que toma la prueba tira, impasible, la consigna:
-Escriba una nota sobre Dios.
En la puerta del diario se ve cómo, uno a uno, los aspirantes se van cabizbajos, rumiando su fracaso. Hasta que, por fin, un osado muchacho se atreve a contestar a la consigna con una pregunta:
-¿A favor o en contra?
-Empieza a trabajar mañana –responde, también impasible, el periodista evaluador.
Esta anécdota es citada con frecuencia a modo de ejemplo de buen periodismo. Muestra al trabajador como un profesional, versátil, capaz de amoldarse a cualquier situación “laboral” (para usar un eufemismo). “Se pone la camiseta del medio”, dejando así de lado cualquier apriorismo ideológico, “tan perjudiciales para este oficio, pues debemos tratar de ser objetivos”, se dice.
Desde principios del siglo XX, con la caída del Muro de Kant, ha venido creciendo una nueva forma de encarar las relaciones inter(e intra)personales -que algún pícaro francés contemporáneo ha denominado “ética inteligente”- basada en la indolencia. Este pensamiento netamente individualista -una verdadera filosofía del desapego- ha embarazado la ya ultra individual filosofía liberal, que en su neo forma se descubre como inteligente (pragmática), profesional (pragmática), técnica (desideologizada -pragmática-), objetiva (desideologizada -pragmática-), masiva (por su objetividad) y, claro, comprometida (palabra que desapareció bajo el ambiguo término “inteligente”), pues se dirige a la sociedad. El proceso informativo no es ajeno a esta matriz conceptual.
La moral kantiana ha perimido. Y su obsolescencia ha librado a los actores sociales de actuar sobre sus rígidos parámetros morales. Pero lo que ha sucedido es que al pretender descalificarlos, o relativizarlos, directamente se los ha anulado. Y su éxito se debe sin duda a la importante cuota de verdad que encerraba la crítica al imperativo categórico, envuelto de “olor a sadomasoquismo y tortura”, según Nietzsche.
El pragmatismo filosófico se ha extendido hacia todos los aspectos sociales y, en general, ha sido traducido como aggiornamiento de posiciones rígidas, estructuradas, en todos los campos. El pragmatismo económico fue concebido desde un antagonismo, desde una negación: la negación de la planificación y la participación estatal, lo que llega al paroxismo, por estos lares, del olvido sin más de la población. Con el pragmatismo político, igualmente, afloran los asesores de campaña y las encuestas. Los Dick Morris, los Dudas Mendoncas, los Durán Barbas o los Bragas Menéndez. La religión es, más que nunca, adular los oídos de las masas para llegar al poder.
Esta nueva concepción, por lo demás, tuvo un importante elemento adicional, que le sirvió como impulsor: nació y creció en Estados Unidos de Norteamérica, tierra de la libertad, de la libre empresa, de una democracia capitalista en vías de rápida consolidación, a principios del siglo XX, y actualmente hegemónica, aún en su decadencia.
El liberalismo encontró en el pragmatismo a su aliado natural, despojado de cualquier pernicioso intelectualismo (donde se incluyen la ética, la moral y todo concepto que comporte un compromiso social ajeno al lucro y al crecimiento económico).
El relativismo impuesto por el pragmatismo filosófico (Dewey a principios del siglo XX; Rorty, hoy) en todos los órdenes de la vida exime a los seres humanos de una palabra cara al pensamiento existencialista: la acción. Este término es extirpado de cuajo de la voluntad posmoderna que, sin embargo, no ha escapado a su redefinición: hoy la acción se mide en términos de ética inteligente, es decir: la otrora acción, obviamente teleológica, se convierte hoy en omisión, también teleológica (en el fisiócrata “dejar hacer” con el que el liberalismo se marcó a fuego). Signo de los tiempos. Omisión, también, del sujeto... A lo sumo, la “acción” pregonada por los posmodernos es la de la (est)ética del yo propio. La vida como arte y la (est)ética del placer.
Pero, por otra parte, lo que permanece de su anterior sentido, en esta nueva hermenéutica de la acción, se inscribe en un marco reducido, el del ámbito laboral. La ética inteligente se aplica en-desde-para la empresa. Desde allí el individuo cumple con su nuevo imperativo moral, que de nuevo tiene muy poco: servir a la empresa.

¿Qué tiene que ver todo esto con el periodismo?
Los medios de difusión de “noticias” no han escapado a estos nuevos aires de ética inteligente y vértigo (muchas veces el vértigo produce respuestas agudas pero no vastas y profundas). El caso de la CNN “internacional” -en general, pero muy en especial luego del 11/S- puede ser tomado como ejemplo en cuando al prolijo alineamiento del interés periodístico “profesional, objetivo” con los grandes intereses de su país de origen.
Si cambiamos el foco hacia los medios locales y nos detenemos a observar notaremos que no difieren demasiado, más allá del coyuntural e irracional conflicto del gobierno con “el monopolio”.
Analizarlos es crucial para el desarrollo de una sociedad, dada su importancia en la promoción de valores culturales y pautas de conducta. Qué se observa: en primer lugar, continuas fusiones y absorciones: la voz periodística en pocas manos. En este punto tiene razón el gobierno kirchnerista. Olvida acotar, claro, todo lo que él mismo contribuyó a eso. Y agregar, claro, los nuevos medios paraoficiales, que se reproducen como hongos.
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Al manejar grandes montos, las empresas comunicacionales se convierten en importantes grupos de presión frente al poder político esgrimiendo, ahora, no ya el interés de la opinión pública sino, más bien, el suyo propio. Este grupo económico con intereses creados es el que luego informa e “instala la agenda” en la sociedad. Agendas periodísticas crecientemente despolitizadas (y falazmente “pragmáticas”), planteadas en términos de necesidad, de costos y beneficios. El diario Clarín es el ejemplo paradigmático de ello. En otro post hemos hablado de la necesidad de destinellizar la política y desclarinizar el periodismo como la batalla cultural de fondo.
Y lo curioso es que los mismos periodistas del diario Clarín son conscientes de su situación. Ellos conocen y tienen la habilitad de descubrir o transformar las noticias de modo que tengan un formato Clarín. Es el periodismo pragmático. Por un lado, una clara noción de lo que el medio es y espera de ellos; y, por el otro, signos personales evidentes de que la agenda que ellos construyen no es lo importante. Pero, ¿qué es “lo importante”?...
Desde cualquier concepción ética este “pragmatismo” es enteramente reprochable. Más que una moral de la acción (Sartre, Arendt, etc., etc.), predomina en los medios y en sus trabajadores, en general, una moral de la pasividad y hasta de la resignación. Por supuesto que no hablo de los que no se cuestionan lo que hacen. Ni de los que abjuran del periodismo en pos de la militancia. Ni, tampoco, de los que tienen suficiente nombre como para firmar con (bastante) autonomía.
Alguien, alguna vez, me recordó la distinción ética que hacía Sartre entre “cerdos” y “tramposos”. La acción en tiempos difíciles. Sucintamente, mientras el primero cumple con la orden del jefe o superior, coincida con ella o no, el tramposo también lo hace, pero logrando incorporarle un contenido subliminal -o no tanto- que niegue, contradiga, relativice o ridiculice aquella orden. Una actitud subversiva. Ambos hombres son inexcusablemente libres y actúan con libertad, por cierto. Pero también su acto los define.
Por supuesto que eso sucede, qué duda cabe, en el periodismo. Pero hoy el periodismo aparece como una actividad más del ser humano, perdiendo así su condición de pilar esencial para el mantenimiento y crecimiento del sistema democrático. Pero, en este devaluado contexto axiológico, ¿qué significa la palabra democracia? ¿En cuánto se acerca nuestra democracia de cada día al ideal que se tiene de ella?
Digresión: siempre escucho hablar de "democracia" como consenso, como tendencia a la uniformidad. Ése es un lugar común erróneo: lo que hace fuerte a una democracia es la suma de la diferencia, la concurrencia de lo diverso. Esto está en la base de todo pensamiento republicano (Maquiavelo, Spinoza, Madison, Montesquieu). Cortémosla con la democracia mal entendida. La "democracia como uniformidad" tiene su raíz en cierto iluminismo (autoritario), que es común tanto al liberalismo como al socialismo originario.

¿Para qué informar?
En materia periodística, la pregunta es crucial. Tanto, que la respuesta que se dé a esta cuestión capital revelará la presencia de una determinada concepción del llamado “cuarto poder”. En el ideario del liberalismo clásico (más allá de su elitismo), el periodismo fue uno de los campos privilegiados para el debate racional de ideas y opiniones que hacen e interesan a la sociedad. Pero, junto con esta tarea fundamental para la vida democrática, la información, además de ser considerara como “bien social”, es entendida también como una mercancía. Ésta es la tensión esencial y constitutiva del periodismo, que hoy se vive con más crudeza que nunca.
“Estar informado”, “saber lo que pasa”, en cualquier ámbito, le amplía al ciudadano la gama de elecciones y acciones tanto individuales como colectivas: desde comprar este disco a votar a aquel candidato.
Según la famosa teoría de la agenda-setting, los mass-media no dicen qué hay que pensar sino sobre qué hay que pensar: los que ellos presentan son los asuntos decisivos. “Esto es lo que hay”, le dicen los medios a su audiencia cuando le presentan los hechos (re)construidos como noticia.
¿Qué es la democracia? ¿Para qué informar? ¿Cuál es el rol de los medios en democracia? El pragmatismo también responde, por supuesto, a estas preguntas. Acertadamente o no, con “mala fe” o no. Pero responde. Y, en su lógica, esto es lo que importa.

10/11/10

La república, los monopolios, la prensa, y el “relato”

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Si los hombres fuesen ángeles, el gobierno no sería necesario. Si los ángeles gobernaran a los hombres, sobrarían tanto los controles internos como externos sobre el gobierno.

James Madison, en El Federalista.

Los diarios contienen solo dos cosas que son verdad: el precio y la fecha.

Obdulio Varela, capitán de la selección uruguaya campeona del mundo en 1950.


Al imponerse la tradición republicana (que empieza con Aristóteles y en la que se destacan Maquiavelo, Spinoza, Montesquieu o el amigo Madison) se derribó un mito central de la Edad Media: "el mito del Rey bueno", mito que tenía su correlato religioso en la "Infalibilidad Papal". Pero que ya no haya mito no significa que éste no intente ser creado una y otra vez, sin cesar. Y qué mejor oportunidad que una muerte para ello. Como tituló la última Barcelona: “Néstor not dead”. Y es bien cierto: es curioso cómo siguen siendo dos, aún luego de la muerte del ex presidente. Ella gobierna; él, ya convertido en mito, sigue y seguirá hablando, celestial.

Y en la batalla por el mito y el "relato" están hoy los militantes K, los propios funcionarios, y la prensa oficialista. Uno de los ríos de ese relato "esclarecido" es, entonces, la reintroducción del "mito del Rey bueno". Más -intocable- aún tras el “aura sacramental” que le brinda la muerte. Ergo: al Rey no se lo cuestiona, se lo apoya. Se lo venera.

Pero, ¿qué tiene que ver el republicanismo en un artículo sobre el ejercicio del periodismo? Mucho, si hablamos de controlar al poder. Por ello creo que, más allá de la batalla del kirchnerismo con el Grupo Clarín, debemos contabilizar como una ganancia que el multimedios haya pasado de ser el legitimador del poder de turno -haciendo fulbito para la gilada con los "ahora dicen", por caso- a hacer algo parecido al periodismo como contrapoder. Lo que los K llaman ser "opositor". ¡Que sea opositor! Eso se acerca más al periodismo que lo que “el monopolio” hacía hasta 2008, cuando "Mag-netto" cenaba con "Néstor" y Alberto Fernández, entonces jefe de Gabinete, le proveía a Eduardo van der Kooy la materia primerísima de sus artículos dominicales.

El "'control de la palabra’ lo tiene Clarín", dice el Gobierno desde que comenzó la disputa por la ley de medios, el año pasado. Y tiene razón. Ahora, lo que nadie dice es que lo tiene por "mérito" propio, si se me permite decirlo así (suena feo). Lo tiene más allá de que sea un oligopolio (que lo es) que hay que desarticular. Lo tiene porque, mal que nos pese, es un producto periodístico exitoso (de bajo periodismo, de periodismo de mera "declaracionitis"), pero exitoso e influyente al fin. Como lo era ya en la década del 80, antes de ser el pulpo mediático que es hoy. Esto es lo que hay que decir y nadie se atreve a decir.
"Si lográs hacerlo y que no salga en la tapa de Clarín, hacélo", dijo alguna vez Néstor Kirchner. Es el tema de los famosos "formadores de opinión" -como lo puede ser el New York Times en EE.UU,. que no es un "monopolio"-. Los dos diarios más importantes en Argentina en el nivel nacional son La Nación y Clarín. Desde hace décadas. Y van a seguir formando opinión aún en el muy hipotético caso de que el Gobierno logre desmembrarlos.

En ese sentido, la lucha verdadera, de fondo, societal, es cultural: es destinellizar la realidad / desclarinizar la política. Pues los problemas graves y de fondo, estructurales, no salen casi nunca ni en Clarín ni en Nación. Y más aún: cuando salen, aparecen por alguna arista pintoresca que desvía el ojo de lo importante. Lo importante (la pobreza, la miseria) casi nunca es noticia, para los mass-media. Una sociedad, como bien me acota un amigo, en la que por algo son exitosos Tinelli y Clarín. También hay que decirlo. No vas a terminar con el cáncer de piel por tapar el sol con las manos, como pretende desde el “relato” el actual Gobierno.

En el momento en que semiólogos, sociólogos y los académicos en general sostienen que la "prensa generalista" (diarios dedicados a temas varios y no específicos, de interés general, como Clarín y La Nación) está decayendo, como tendencia, aquí creamos a Clarín como "enemigo". Ahora, saliendo de lo estríctamente periodístico, también es cierto que Clarín es uno de los grupos de poder de este país; "factores de poder", se les decía en otra época. Del mismo modo, claro está, en que lo es, por caso, el moyanismo para los K. La lucha, entonces, no es periodística. Ni es contra toda forma de monopolio. No es por hacer crecer la libertad de expresión, para que haya "más voces, más pluralidad", como se pretende. Una vez más: es por plata, es por poder.

Y en ese merengue, lo único que se "vigila" en este país, hoy, aquí y ahora, es el "monopolio de la información". Nada se dice de todos los otros monopolios. Nada se dice del monopolio de las telefónicas; nada, hasta la muerte de Mariano Ferreyra, del monopolio de la representación sindical (y eso que hay ya un fallo de la Corte sobre libertad y democracia sindical que hay que cumplir y no se cumple); nada, del monopolio del monocultivo; nada, del monopolio de la extracción minera con regalías irrisorias; nada, del monopolio de la representación política que genera la última reforma electoral (a la que los partidos chicos no acceden); nada, del monopolio de poder que ejercen hace décadas los "barones del conurbano"; nada, del monopolio informativo que hay en Santa Cruz; nada, del monopolio petrolero; nada, del monopolio del juego; por hacer una lista rápida y poco exhaustiva.

Obviamente, lo de "monopolio de" es para hacer juego con las palabras. La palabra técnica correcta, casi en todos los casos -incluso en el de Clarín- es "oligopolios". Hay, sí, un claro y legítimo monopolio: el de la creación de las estadísticas públicas. Si queremos que en eso se convierta la desarticulación del "monopolio Clarín"... vamos de Guatemala a GuatePeor. Por eso es curioso escuchar a los filo K hablar de reediciones de la "teoría de los dos demonios". El Estado tiene mucha más responsabilidad, y es mucho más peligroso cuando desvía su misión de representar el interés general. No lo dice un neoliberal: lo dice alguien -una vez más y van…- que cree que, como en los 80, como en los 90, tenemos un Estado bobo, de vista gorda, un estado raquítico, clientelar y prebendario que hay que depurar, primero, y capacitar, mejorar, y agrandar, luego. Ojo.
Alguna vez hay que poner en práctica la Ley de Defensa de la Competencia, la 25.156. Alguna vez dejaremos de ser, como decía Carlos Nino, "un país al margen de la ley". Hoy, sólo nos perseguimos unos a otros con la ley, cuando nos toca estar en el poder.

En ese merengue, también, es donde tipos como Eduardo Aliverti dice: "En el baile, bailemos".

Bailemos, pero sabiendo que ni somos el cantante de la banda, ni el que se levantó a la mejor mina. Sólo estamos de relleno en el salón. La metáfora tiene un nefasto mensaje apolítico, cierto. Pero es el que se corresponde con esta sociedad tinellizada y clarinizada, salvajemente individualista -menemista-, que seguimos siendo.

Para abonar lo que digo sobre la influencia de los grandes medios, sólo dos ejemplos. Clarín llegó al caso Skanska en 2007; y a las coimas venezolanas, a fines de 2009. El periódico Perfil los publicó en 2005. Sin embargo, no estallaron hasta que los publicó "el gran diario argentino".

Por eso pregunto: si no existiera el inaudito conflicto Clarín-Gobierno, ¿publicaría Clarín, como hizo en setiembre, los antecedentes pro procesistas, por ejemplo, del titular de la CAME Osvaldo Cornide? La nota no figura, sin embargo, en el archivo digital del diario.

Mi viejo usa una linda metáfora para definir todo lo que está pasando: la del "puchero". Se podría decir que es una metáfora con aires trosco-marxistas. Pero habría que aclarar que mi viejo no sabe quién es (o fue) Trostky y sólo habrá escuchado hablar de Marx en la época en que los enfermos del "Proceso" lo nombraban tanto o de algún emblema actual de la clase media al estilo Fernando Bravo.
Resulta que en el campo, el puchero es una comida muy común. Allá le dicen "el mugriento". Porque lo hace la gente mientras labura (incluso en el medio del campo). Y, como no tienen tiempo para pelar papas, hortalizas y demás elementos con que, como todos sabemos, se hace un puchero, un "mugriento", van tirando todo en la olla que hierve, y toda la "mugre" va saliendo para arriba. Y todo eso se va limpiando con una espumadera.
Esa figura me viene a la mente por estos tiempos de “exceso de archivo”, cuando leo todas las cosas que se están publicando por estos días a raíz del conflicto de Papel Prensa o, más genéricamente, del Gobierno de turno con el principal conglomerado de medios del país. Me pregunto: si no existiera tal conflicto, ¿publicaría Clarín los antecedentes pro procesistas de un tipo como Cornide? Y de tantos otros.
Este "mugriento" se está cocinando para la posteridad: Los diarios argentinos aparecieron en Internet allá por el 96-97: los diarios de los 70 no están digitalizados: no tenemos archivos virtuales sino desde 1996, entonces. Sin embargo, este raro momento que estamos viviendo nos está "digitalizando" de prepo la década de los 70, con toda la "mugre" de aquella época. Todas las posturas. Todos los chanchullos, de un lado y de otro. Se publican tapas de diarios, fotos, artículos, firmas, periodistas que estaban de un lado y hoy, de otro; actores políticos; lenguaje de época (y lenguaje periodístico de época: formas de escribir, de titular, de epigrafear).
Ésa, creo, es también una ganancia.

Falta que mucha "mugre", todavía, salga a la superficie. No dejemos de observar ni de ejercer la duda sobre lo que dicen de un lado y del otro, desde el poder político y desde el mediático. A ver si todavía es cierto que "los diarios contienen solo dos cosas que son verdad: el precio y la fecha", como sentenció el pensador Obdulio Varela.

2/11/10

El clivaje político, ¿la peor herencia k?

En ciencia política hay un concepto muy particular y preciso para esto que estamos viviendo hace ya años en el país y que se expresa, incluso, en la triste muerte del quinto presidente constitucional elegido por el pueblo desde la vuelta de la democracia, Néstor Kirchner. Me refiero al concepto de "clivaje". Esto es: una fractura irreconciliable dentro de la sociedad. Ante un "clivaje", los políticos tienen, en general, dos actitudes posibles: valerse de él para conseguir votos, es decir: profundizarlo (y quebrar más a la sociedad, la que, en teoría, debería buscar lo contrario: la convivencia) o intentar superarlo.

En nuestro país, por muchas décadas, tuvimos un clivaje: peronismo - antiperonismo. Sabemos cuáles fueron las consecuencias de esa fractura societal. Mal que mal, creo que Alfonsín intentó superarla. Con Menem, los tiempos fueron "light" en todo sentido: se dejó de lado el "clivaje" desde la frivolidad. Néstor Kirchner tampoco se valió de ello al principio: quería, de hecho, enterrar la palabra "Perón". Recuérdese, como pintoresca muestra, la frase con que el actual Jefe de Gabinete se despachó cuando todavía era ministro del Interior: “Que se metan la marchita en el culo”.
Sin embargo, el fallecido ex presidente y la actual presidenta, Cristina Fernández, cambiaron luego de rumbo y, hasta ayer, azuzaban el clivaje irresponsablemente. Provocando con ello actitudes y enardecimientos en muchos ciudadanos; gestos y sentimientos que no estuvieron ausentes incluso en los días posteriores a la muerte del ex mandatario.

Los cambios duraderos en un país, creo, se hacen por consenso, no por imposición; y con la ley en la mano. Néstor Kirchner fue el presidente que desarticuló la “mayoría automática” en la Corte Suprema e instaló allí juristas de fuste, que realzaron el valor de ese poder de la República; fue, también, el presidente que realzó el propio valor del Poder Ejecutivo Nacional, al principio de su gestión. Como contrapartida, relegó a un lugar de mera "escribanía" al Congreso de la Nación, función que solo se revirtió en 2009 cuando el kirchnerismo perdió "por poquito" la mayoría legislativa en las urnas.

Néstor Kirchner es hoy el que provoca el orgullo nacional, y la gran tristeza ante lo irreparable de la muerte del líder político. Y también las burlas, o la alegría apenas disimulada o impúdicamente expresada. El fanatismo, en fin. La violencia verbal y gestual. Como aquel nefasto "viva el cáncer", luego de la muerte de Evita.

Es, en síntesis, la vuelta del viejo clivaje político. Es lo que habrá que desactivar. Ésa es la tarea de la dirigencia política actual. Porque, al revés de lo que sentenció José Hernández en el Martín Fierro, la polarización social no es para bien de ninguno, sino para mal de todos. Pues el otro no es el "enemigo" (Schmitt mal entendido) a "vencer".

Más aún: en democracia ni siquiera hay un "Otro" (ese Gran Otro lacaniano): hay, simplemente, "otros". Los diferentes. Los que, con todo derecho, piensan y sienten distinto. ¿Seremos capaces de aprender, de una vez por todas, a (con)vivir en la diferencia? Ojalá.


Leer "El clivaje político, ¿la peor herencia K? (segunda parte)".