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20/11/10

“Contra la soberanía del macho”

Atención feministas.

Tenía ganas de postear aquí esta reseña crítica que hice alguna vez sobre un artículo que la ensayista (creo que) búlgara Yvanka B. Raynova le dedica al clásico libro liminar del feminismo del siglo XX: El segundo sexo, de Simone de Beauvoir.

El artículo -que puede encontrarse en francés por la web- se títula "Hacia una ética feminista y posmoderna de la justicia: Simone de Beauvoir y Jean-François Lyotard". Título tentador, por cierto, al unir dos autores tan disímiles como Beauvoir y Lyotard, pero finalmente Raynova no concreta la amalgama propuesta y en todo su artículo hablará casi únicamente de Beauvoir, y más bien empalmará a Lyotard en las ideas de aquélla.

Advertencia: el texto es algo áspero pero vale, creo, la lectura. Aquellos que puedan entenderlo como una sanata cósmica (o "posmoderna", en el sentido vulgar del término), abstenerse. Gracias.

La casa.


Hacia una ética feminista y posmoderna de la Justicia

En 1949 Simone de Beauvoir publica su más importante ensayo: El segundo sexo (Le Deuxième Sexe), libro que todavía sigue dando que hablar. Allí elabora una verdadera filosofía de la alteridad absoluta de la mujer, lo que la ubica, afirma polémicamente la ensayista Yvanka Raynova en su artículo "Hacia una ética posmoderna de la justicia: Simone de Beauvoir y Jean-François Lyotard", como precursora del posmodernismo.

Es un lugar común considerar a Beauvoir, en tanto compañera del filósofo Jean-Paul Sartre, como paradigma de la modernidad del siglo XX. Contra esto debió luchar, implícitamente, Raynova en su ensayo sobre El segundo sexo, al que define sin medias tintas como “una teoría anti moderna”. Eso es lo que explica su uso abundante de la intertextualidad. Era necesario legitimar cada pasito interpretativo que daba con el apoyo del texto original, el lugar del cual ella partía, así fuese Beauvoir, Sartre o Lyotard. Es claro, de todas formas, que su posicionamiento en primera persona vuelve a su ensayo, como decíamos, más polémico. Por lo demás, el ensayo, al no estructurarse muy rígidamente en torno a reglas y formas, es un género que se presta como pocos para la polémica. No obstante, pese a su intento, Raynova no se aleja demasiado de las tesis de Beauvoir.

Veamos.

La monumental denuncia que la francesa hiciera hace más de 60 años no es soltada al aire en forma general y, si se quiere, vacía: es el “Gran Sujeto Masculino” el que se ha reservado para sí solo “el privilegio de la trascendencia y ha forzado a las mujeres al dominio de la inmanencia”, al papel de la sumisión.

Para Beauvoir, preguntarse “qué es lo que una mujer es” no significa hablar de esencialismo o de “naturaleza eterna”, pues la mujer no los tiene. Como tampoco hay “el alma negra” o “el carácter judío”. El “para-sí” (Sartre) propio de todos los seres humanos, precisamente -y dialécticamente- es lo que no es (Beauvoir sigue a Sartre en su hegelianismo). Es decir, es su negación (dialéctica).

Lo que sí hay, en cambio, es una “situación” de la mujer. Porque a diferencia de Sartre o de Hegel, para quienes la pareja “yo-el otro” es simétrica, Beauvoir muestra que en la alteridad de la mujer se discute una asimetría profunda e inaudita (de aquí que la alteridad en ella es absoluta): si mal que mal individuos o grupos son obligados a reconocer la reciprocidad de su relación, ¿por qué entre los sexos esta reciprocidad no sucede? O en otras palabras: ¿por qué las mujeres no contestan la soberanía del macho?

Por un lado, las mismas mujeres se complacen en la sumisión, dice Beauvoir: esto es la mala fe (otra famosa categoría sartreana): pues no dejan de ser conscientes de esa sumisión. Pero lo central es que, históricamente, los hombres han poseído los instrumentos de poder y los han usado para asegurar de facto y de iure su supremacía a costa de la mujer. Al colocarse ellos como sujetos, las mujeres han sido expulsadas de la trascendencia y confinadas a la inmanencia, denuncia Beauvoir.

Raynova, entonces, se para en la francesa para edificar su pretensión de articular un discurso que ubicaría a El segundo sexo como “una teoría anti moderna de la ‘diferencia’, que niega ‘la esencia’ o ‘la naturaleza’ de la mujer para desenmascarar la antinomia entre su situación de ‘Otro’ y su ser (Da-sein) lo ‘Mismo’”.

Y aquí Raynova asemeja la categoría del otro inesencial y excluido al concepto de “diferencia” de Lyotard, para quien el “diferente” es una víctima privada de probar la injusticia pues las reglas son establecidas en el idioma del otro. Primer acercamiento -polémico- entre ambos autores.

Pero Beauvoir quiere, además, descubrir los mecanismos de sumisión de la mujer.


La negación o deconstrucción de los mitos

Raynova muestra, bajo el sugerente subtítulo de “El discurso como poder: el mito”, cómo Beauvoir también descubre y critica a “todos los dominios del saber (ciencias de la Naturaleza biología, teología, filosofía, psicología experimental, etc.)” como mecanismos de sumisión usados para “demostrar” la inferioridad de la mujer. Y esto tal vez nos aclare la intención deliberada de Raynova al elegir el género ensayo para exponer sus hipótesis: una forma coherente de escapar a esos dominios del saber colonizados por el hombre.

Todos los dominios del saber “demuestran”, entonces, la inferioridad de la mujer. Mitos o “grandes relatos” (Lyotard), simulacros que aparentan un “punto de vista objetivo” para encubrir la soberanía del Gran Sujeto masculino.

La “situación” estructuralmente inaudita de la mujer refiere, como dijimos, a su condición de Otro excluido y sumiso. A partir de esto, Raynova elabora su interpretación sobre la relación íntima entre el feminismo beauvoireano y el pensamiento de la diferencia; empieza por los “mitos”, que siempre ocultan el dominio masculino. “En tanto que referentes, ellos (los mitos) gobiernan la conciencia creando imágenes engañosas que debilitan el pensamiento del sujeto y lo mantienen bajo su control”.

Luego de exponerlos, la autora pasa a negarlos. O a deconstruirlos, para usar un término posmoderno.

Hasta el tiempo verbal que predomina en el ensayo nos da una pauta para interpretarlo: el pasado histórico, que, como sabemos, es un modo del presente. Y es curioso cómo esta afirmación de carácter idiomático no deja de tener su significación política: un tiempo histórico que remite el hecho innegable de la sumisión de la mujer a un pasado tan remoto que termina volviéndose ahistórico (atemporal), como la Naturaleza misma (la “esencia” o, lo mismo es, el “eterno femenino”). Un tiempo histórico tan ahistórico y natural puede mostrarse también como una Ley (atemporal). De aquí la importancia de los códigos y las religiones, que señala Beauvoir en su obra: para construir y mantener a la mujer como alteridad sumisa y excluida -como objeto- en el Mundo del Bien, es decir, en Mundo del Macho.

Frente al “espíritu de seriedad” que recubre al mito -que objetualiza al sujeto; por ejemplo a la mujer, que así malogra su existencia autentica-, Beauvoir propone el “juego”, que, en cambio, libera la subjetividad. En él, el humano es quien plantea las reglas, escapando a la Naturaleza naturalizada. Pero en el preciso momento en que el humano se afirma como sujeto libre aparece la idea del Otro, y ésta es vivida como una amenaza, como una negación (pero objetualizadora, no dialéctica), luego: el Mal.

Establecer un Otro es definir un maniqueísmo, un pensamiento de oposición que legitima la máquina represiva. La mujer es el Mal necesario al Bien (al hombre y su supremacía). Por eso Beauvoir propone: 1) la desmitologización del mito del eterno femenino y la recuperación -individual- de la responsabilidad en la autenticidad; 2) la interiorización -colectiva- de valores anti autoritarios por medio de la deconstrucción del pensamiento de oposición; y 3) la instauración de una nueva situación donde las mujeres y todos los excluidos serán reconocidos como siendo iguales en existencia, en trascendencia y en la libertad. O, como dirá Raynova: una ética feminista y posmoderna de la justicia.

Toda actitud auténticamente moral reclama ser hecha y rehecha sin cesar, dice Beauvoir. Esto la acerca a las perspectivas ético-políticas de Lyotard, para quien la política de “lo justo” debería estar fundada sobre la heterogeneidad de los juegos de lenguaje, que no debieran ser reducidos nunca a una sola alternativa. Pero Beauvoir va más allá: no se trata solamente de reconocer al Otro en su heterogeneidad sino, y sobre todo, en su mismidad : “En los dos sexos se juega el mismo drama de la carne y del espíritu (...); los dos son roídos por el tiempo, acechados por la muerte, ellos son una misma esencia que necesita uno del otro”.

Finalmente, Raynova habla del reconocimiento intelectual que tuvo Beauvoir justo después de su muerte, así como también se ocupa de resaltar su figura en independencia de la de Sartre, pues defiende a El segundo sexo -otra vez- como una teoría anti moderna de la “diferencia” que niega “la esencia” o “la naturaleza” de la mujer para desenmascarar la antinomia entre su situación de Otro y su ser “lo-mismo”.

En conclusión, Raynova sostiene que el debate sobre la diferencia y la igualdad sólo podría ser resuelto a través de la distinción entre el sexo y el mito. Y es en este sentido que El segundo sexo representa aún hoy una provocación no solamente para la teoría feminista sino, también, para el deconstruccionismo y el pensamiento de la "diferencia".