Mostrando entradas con la etiqueta democracia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta democracia. Mostrar todas las entradas

1/10/12

Escraches y escrachos. Subjetividad y clivaje político



A raíz de los escraches que se dieron en estos días, vienen apareciendo varios artículos que manifiestan su preocupación por este "método fascista" de señalamiento público. El sábado, el sociólogo y director de la consultora Poliarquía, Eduardo Fidanza, escribió en La Nación una nota titulada "La paradoja del prejuicio presidencial", para hablar de clima hostil y violento en Argentina. "Ahora, un gobierno que enjuició ejemplarmente al terrorismo de Estado y enseñó la brutal diferencia que lo separa de la violencia de los privados, debería reflexionar sobre su responsabilidad en el terrorismo simbólico que nos envuelve", afirma Fidanza, preocupado.
Ayer domingo, el periodista Joaquín Morales Solá escribió esto en su habitual columna dominical, también en el diario de los Mitre: "(...) una cosa es la protesta colectiva y pacífica en el común espacio público. Otra cosa es el escrache individual. El escrache es un método que creó el fascismo y que perfeccionó el nazismo. Es un modo de agresión personal que expresa a una sociedad violenta e incivilizada. El kirchnerismo espoleó el escrache con sus adversarios, pero ese antecedente (que nunca antes provocó un repudio del Gobierno) no legitima el recurso. Al contrario. Es lo que debe cambiar. No hay fines nobles que puedan alcanzarse con medios innobles".
El viernes pasado, el escritor y ex funcionario menemista Jorge Asís (‏@CayetanoAsis) tuiteó siete micromensajes al respecto. Vale citarlos:

    "El escrache es siempre un acto fascistoide. Por haberlos padecido, tiendo a solidarizarme con el escrachado. Sea Oyarbide o Moreno".
    "El escrache era tomado como un acto progresista cuando Hijos lo organizaba en la casa de un coronel. Pero era fachoso igual.
    "Ir en barra a insultar a la casa de un desdichado despunta como un acto de cobardía colectiva".
    "Termino: no existe la selectividad para el escrache. Es un acto abominable de impotencia colectiva. Piedad para los escrachadores".
    "Los que merecen piedad son los escrachadores".
    "Los básicos que fueron a escrachar a Moreno terminaron como protagonistas involuntarios de una acción de contrainteligencia".
    "A los escrachadores les regalás dos tortugas y se les escapan. Logran que el escrachado se victimice. 'Matar a Moreno', es el título".

Todos los aludidos hablaron de "nazismo". Y compararon -a mi entender, una comparación poco feliz- los escraches contra el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, y el juez Norberto Oyarbide, con los señalamientos públicos que se sucedían en los orígenes del fascismo italiano y del nazismo alemán.


Durante el boicot anti-judío, hombres de las SA llevan carteles que rezan:
"¡Alemanes! ¡Defiéndanse! ¡No les compren a los judíos!" (Berlín, Alemania, marzo o abril de 1933).

Sostengo que importar acríticamente estas categorías, despojándolas del contexto histórico-político en el que acontecieron, no contribuye demasiado al entedimiento del momento que vivimos en Argentina. No vivimos en un contexto de crisis de las democracias. Al contrario, las diversas expresiones callejeras reclaman -nunca está de más recordarlo- más y mejor democracia.
Por eso insisto, en primer término, en el concepto de "clivaje político", al que recurrí hace dos años para comprender(nos). Lo que vivimos en esta Argentina kirchnerista se puede entender como "clivaje político". El clivaje sociopolítico es algo que nació con Perón y casi murió con él. Pero es un mecanismo que los K revivieron para captar voluntades con falsas antinomias. Ésa es la que yo considero la peor herencia K, como lo escribí en el post citado. Una verdadera calamidad nacional. Pero de allí a compararlo con el genocidio que sufrieron los judíos bajo el nazismo me parece un despropósito. El nazismo fue la ejecución de un plan de exterminio de una etnia desde el poder, llevada adelante por un mecanismo de poder totalitario, que pretendía además controlar las mentes y los cuerpos de los ciudadanos alemanes hasta en el más mínimo detalle (privado).
El clivaje político que (re)vivimos en la Argentina es responsabilidad exclusiva de quienes lo fogonean: quienes ejercen contingentemente el gobierno nacional y ocupan todos los aparatos del Estado. Lejos estoy, entonces, de apañar y generar confusión sosteniendo una especie de "teoría de los dos demonios" light que condene los escraches que han sucedido la semana pasada.
El escrache "a la argentina" es una forma de protesta ciudadana. El periodista de economía e historiador Daniel Muchnik tiene una visión diametralmente opuesta, y opinó desde su muro de Facebook en línea con lo escrito por Morales Solá, a quien citó. "Protesta ciudadana es la que se llevó a cabo aquel jueves de hace semanas, cuando cubrió la Plaza de Mayo y aledaños. Pararse frente a la casa del enemigo, hostigándolo, EN PATOTA, es cobardía de bajo nivel. Si algún ciudadano o un grupo de ciudadanos está en contra de un funcionario utilicen todos los recursos de la legalidad civilizada. No utilicen los mismos métodos del oficialismo", me dijo Muchnik. Con esta última frase se refería a los escraches k a periodistas que ocurrieron hace un par de años, al conmemorarse un nuevo aniversario del último golpe de Estado. Lejos de la magnitud de los señalamientos nazis, nuevamente, el mismo error.


Curiosamente, con los escraches de la semana pasada se estaba protestando contra la ausencia de esa pretendida "legalidad civilizada", emblemáticamente representada en el juez Oyarbide, campeón de los sorteos en las causas contra los k. Precisamente, se estaba escrachando a un conspicuo símbolo de la legalidad incivilizada de un país que vive al margen de la ley. Eso le respondí. En fin. El debate siguió y sigue, acaloradamente, en esa red social. Por mi parte, el intercambio me movió a escribir estas líneas.

Al pueblo le sobra pintura.
Estas quejas contra el escrache "a la argentina" como método de expresión invierten, llamativamente, el orden de responsabilidades. Pues aquí el que escracha es el pueblo -o parte de él- al poder. Precisamente al revés que el nazismo. En efecto, mientras a mediados del SXX eran el fascismo y el nazismo quienes escrachaban ciudadanos o etnias en su conjunto, desde todos los aparatos del Estado, esta semana se escrachó a dos funcionarios públicos muy representativos del poder gobernante. Esto es, mientras en Europa el señalamiento sucedía de arriba hacia abajo, con consignas que terminaban en una temible marginación y amenaza de -segura- muerte, los escraches que ocurrieron en Argentina fueron en sentido contrario: de abajo hacia arriba, levantando -una- la bandera de la "Justicia independiente" y -la otra- la del "hartazgo por la violencia patotera". Expresado de otra forma: los escrachados en Argentina son funcionarios públicos cuestionados por su desempeño precisamente público, no ciudadanos de a pie discriminados o marginados en ese acto de la sociedad como un todo.
Por eso Moreno respondió como respondió -"Que se metan las cacerolas en el orto"-: porque el kirchnerismo no puede operar políticamente, ya, al parecer, de otra manera que propagando el miedo por doquier. ¿Qué otra cosa sino eso es la desastroza política antiinflacionaria practicada por el secretario de Comercio Interior?
Es decir, en fin: mientras en la Italia autoritaria y en la Alemania totalitaria el señalamiento público era el dispositivo primero y primitivo de la inoculación del miedo en la sociedad -me remito a los escritos de Hannah Arendt-, los acontecimientos de los que somos testigos en el país van en sentido contrario: expresiones -quizá, ciertamente, con una fuerte carga de violencia verbal- que buscan romper el miedo que se propala como política de Estado, y que, jocosa e indirectamente, la presidenta de la Nación, Cristina Kirchner, verbalizó hace un par de semanas. Nada es casual.
Esa misma direccionalidad ascendente tuvieron, desde mi punto de vista, los escraches "dramatizados" (Habermas) por la agrupación H.I.J.O.S. en los noventa. Volveremos sobre esto más adelante.

Tampoco es casual, en este sentido, que la frase que escribí para encabezar mi blog, acompañada de la imagen de un portón con la inscripción "Me sobra pintura", sea ésta que vengo repitiendo por estos agitados días:

El pueblo, escribe Maquiavelo, quiere, simplemente, que no lo jodan. Igual que este buen hombre. Y como a este buen hombre, señores gobernantes, al pueblo también le sobra pintura...

Frase que no es más que otra forma de expresar lo que alguna vez dijo Juan Perón: "Cuando el pueblo se cansa, hace tronar el escarmiento". Idea que no es, por cierto, como en casi todo su pensamiento político, propiedad intelectual del General. Al contrario, es una idea muy liberal. Baste remitirse a lo que uno de los padres del liberalismo, John Locke, escribió hacia el final del Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil (escrito en 1690):

"¿Quién podrá juzgar si el príncipe o el cuerpo legislativo están actuando en violación de la confiana que se depositó en ellos? (...) Y respondo: el juez habrá de ser el pueblo; pues ¿quién podrá juzgar si su delegado o diputado está actuando de acuerdo con lo que se le ha encomendado, sino aquel que le ha encomendado la misión y conserva todavía el poder de destituirlo cuando el depositario del encargo no lo cumpla?".

Y bien: es lo que empezó a pasar el 13/S. Y los escraches de esta semana son hijos de ese acontecimiento.

Escraches, y escrachos
La Real Academia Española toma estas dos acepciones de "escrachar". Dice: "1. Romper, destruir, aplastar. 2. tr. coloq. Arg. y Ur. Fotografiar a una persona". Es cierto que "escrachar" se entendió históricamente como sinónimo de "destruir, romper". Pero su origen se encuentra en la jerga policial, donde escrachar refería a reconocer a un delicuente. En consecuencia, en lunfardo originario ser escrachado era ser marcado por la policía: el rompimiento institucional de la estrategia de invisibilización del delincuente. "Escrachar", en fin, es develar una imagen (escondida), "fotografiar" o descubrir (inscribir) una identidad encubierta. Sigo la recopilación que hace Fernando Hugo Casullo (en Diccionario de voces lunfardas y vulgares, Plus Ultra, Buenos Aires, 1976), aunque la extiendo un poco, por cierto. Y así es como aquí tenemos, entonces, amalgamadas las dos definiciones antes citadas. De "escrachar", además, deriva "escracho": cara fea.
Nos vamos acercando a la actitud social que queremos describir. Lejos de ese origen policial, institucional, en la Argentina de los últimos tiempos se escracha a los escrachos sociales, a los impresentables sociales. Se busca "poner en evidencia", visibilizar: pero no de arriba abajo, sino al revés: de abajo hacia arriba. Claramente, el procedimiento del escrache tiene un sentido de impugnación social. Y a su vez, al congregar en la arena pública a una multitud, conforma un modo de "subjetivación" -como diría el fallecido historiador Ignacio Lewkowicz- subversivo. Esto es: la operación crítica que busca alterar la lógica instituida por las prácticas estandarizadas reproductoras de los lazos sociales, de los lugares, y de los sentidos de la vida y de las acciones, ya establecidos (recomiendo leer Pensar sin Estado. La subjetividad en la era de la fluidez, y también Sucesos argentinos. Cacerolazo y subjetividad postestatal, ambos de Lewkowicz).

Escribe Lewkowicz: "La inoperancia del aparto jurídico-político para castigar los delitos del poder parece que opera en todos los niveles. Tras el juicio a las Juntas que comandaron el proceso represivo de 1976 a 1983 y las progresivas concesiones de impunidad, se organizan distintos grupos que generan los escraches. Los edificios, las cuadras, los barrios, en los que reside algún criminal represor impune se ven paulatina y progresivamente inundados de una actividad que los denuncia públicamente como comprometidos en delitos aberrantes. El escrache compromete al vecino: el anonimato en que lo mantenía la impunidad jurídica es quebrado por la organización de esta denuncia colectiva. Ya el escrachado sabe que los otros saben que ha estado comprometido en algo, ya no es cualquiera. La máquina del escrache confía en la sanción social, en la incomodidad permanente, en el hostigamiento que efectivamente castiga a os impunes de la justicia oficial. En esta línea, el escrache, más que pedir justicia, hace justicia; es el modo en que efectivamente tratamos a nuestros castigados".
En los noventa, en un clima de falso perdón, de amnistía amnésica a los militares genocidas, de olvidos cómplices menemistas, de punto final y obediencia debida también, un grupo de ciudadanos argentinos que tenían la característica común -generadora de identidad, como dije- de ser hijos de detenidos-desaparecidos víctimas del terrorismo de Estado, le hacía saber a sus conciudadanos, con pancartas, cánticos, lágrimas paradójicamente alegres, y ciertamente rencor desbordado, pero pacífico, que en ese lugar vivía un chacal, un asesino. Qué diferencia con el nazismo, ¿no? Mientras los nazis en el poder marcaban a quienes iban a marginar o directamente asesinar, los hijos buscaban romper a los gritos un dispositivo de silencio que ocultaba asesinos. Jamás hubo violencia en estos escraches. Ésta es la génesis de los escraches en la Argentina, y es la que se repite hoy. Que quien más furibundamente los haya cuestionado sea un conspicuo representante de una clase política pasada de moda (?) como el Turco Asís, o un editorialista de La Nación, lo confirma, al menos para mí.
Nadie puede dudar de la vocación de justicia y de la convicción de protesta pacífica, de respeto a los derechos humanos y, en fin, a la vida, de los chicos de HIJOS. Ésa y no otra es la génesis, insisto, de los escraches en Argentina. Se entiende ahora por qué hablar de "nazismo" para referirse a esa práctica puede sonar ridículo y hasta insultante.

Los escraches de hoy apuntan, también como aquellos de los noventa, a producir sentido. Como ya casi todos reconocen, el 13/S alteró el escenario político nacional. Los escraches también pueden llegar a tener consecuencias o respuestas. De hecho, menos de 24 horas después del escrache a Oyarbide, el juez se apartó -arguyendo "violencia moral"- de la causa de Paula de Conto contra Moreno, que precisamente había ocasionado la manifestación, y que al día siguiente se repitió en la casa del supersecretario, en respuesta a su "Que se metan las cacerolas en el orto". La causa que originó ambos escraches de esta semana no me parece un detalle menos: Paula de conto representa, para muchos, una voz que se alza frente al dispositivo oficial del miedo.
Por lo demás, hay que agregar que los argentinos no viven escrachando a sus conciudadanos. Antes bien, es el gobierno nacional quien lo hace: a través de los programas de la televisión pública y por los medios privados que financia con pauta oficial, incumpliendo un fallo al respecto de la Corte Suprema de Justicia de la Nación; o la propia Presidenta por cadena nacional.
Quizá lo que es difícil entender sea que el malestar que viven hoy muchos argentinos no tiene como origen una crisis económica de las que son habituales por estos pagos cada más o menos una década, sino, más bien, demandas políticas, como lo pueden ser las de "respeto por las instituciones de la república", "calidad institucional" o "basta de corrupción pública" o "No al miedo" o "No a la RE RE". Cadenas de significantes que se van agrupando y llenando de sentido articulador. Los políticos e intelectuales k conocen el mecanismo, pues su filósofo político de cabecera es quien escribió toda su vida sobre ello: Ernesto Laclau.
¿Por qué no pensar, entonces, que las demandas son esas? Es decir: son políticas. ¿Acaso los argentinos no pueden, si es que la economía va tan bien como dice la Presidenta y le confirman los números del Indec, sentirse insatisfechos con esa -aparente- conquista y pedir más? Más democracia, mejor democracia.

Como lo escribí en el post titulado "13/S", la sociedad dijo "Basta, no tenemos miedo". Los escraches ciudadanos, inscriptos para mí en la tradición argentina de protesta social, no buscan generar miedo, como pretendían los nazis en 1934. Al contrario, fruto del click que fue el tan cercano 13/S, buscan liberarse del miedo como dispositivo de dominio al que apela cada vez más el kirchnerismo para gobernar. Seguramente había bronca en esos escraches. Pero era, paradójicamente, una bronca liberadora.
En síntesis: puede decirsde que cuando las instituciones de la república no cumplen en definitiva su rol mediador, el de procesar las demandas ciudadanas, son los ciudadanos los que "procesan" e interpelan a las instituciones y a sus agentes. De la forma que pueden o encuentran. Eso fue el 13S. Eso -y no otra cosa- fue lo que ocurrió la semana pasada frente a las casas de Oyarbide y Moreno.

15/9/12

13/S



Y el pueblo le dijo "NO" al miedo. No a la prepotencia y al cinismo del poder. Una vez más.
Lo decimos cada vez que podemos: al pueblo le sobra pintura. Por ejemplo, en el último post de este blog. En fin, para leer lo que ocurrió y sus repercusiones, me remito a las crónicas de los diarios de ayer y hoy. Yo quisiera humildemente señalar un par de elementos con la esperanza de que ayuden a la interpretación de lo ocurrido. A la disputa por la semiosis social, en suma.
En primer lugar, elijo recordar tres momentos históricos en los que los argentinos sintieron la necesidad espontánea (entiendo por tal cosa la inexistencia de convocatoria partidaria específica) de salir a la calle a protestar:
* El 19 y 20 de diciembre de 2001, tras la declaración del Estado de sitio del por el entonces presidente Fernando de la Rúa,
*En 2008, al inicio (sólo al inicio) del conflicto con el campo, cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner habló despectivamente del "yuyito" que le financia las arcas al Estado nacional y de los "piquetes de la abundancia",
* Y en 2012, este jueves 13/S, en una convocatoria que se difundió muy masivamente por las redes sociales luego de que la presidenta dijera por cadena nacional, jocosa y aparentemente ingenua: "sólo hay que tenerle miedo a Dios. Y a mí... un poquito".


El poder de una declaración desafortunada. ¿Una? Quizá la confesión del deseo presidencial para que le teman haya sido un mero detonante. Y la gente salió a la calle en manada. Habrá que ver si esta oportunidad también constituye un "click" en el imaginario público social como lo fueron las dos anteriores. En estos últimos 10 años hubo muchas marchas y protestas, pero insisto en la característica particular de la de este jueves y las otras dos citadas: la ausencia de liderazgo definido.
Entonces, el pueblo marchó. Y se expresó. Con bronca, con odio, con alegría, con libertad (una libertad, paradójicamente, que se vive como mutilada). Esos que salieron a la calle también son el pueblo argentino, aunque la señora Estela de Carlotto les niegue esa condición por el simple hecho de que "estaban bien vestidos". Hemos vuelto tan a las cavernas que tenemos que discutir y reafirmar cosas elementales. Seguramente la mayoría de los participantes de la protesta social del jueves hayan provenido de la clase media.
La clase media argentina es y fue históricamente una de las más importantes de América Latina. Luego de tanto desprecio hay que empezar a reivindicarla. Con sus luces y sombras, esa clase media fue quien le dio identidad y grandeza a este país. Hay que acrecentarla con justicia social y educación. No despreciarla. Por lo demás, ¿quién asegura que, así como "el campo" de hoy no es idéndico al campo oligarca que defenestraba el primer peronismo,  esta clase media actual se corresponde en todo con la histórica burguesía media temerosa que apoyó todos y cada uno de los golpes de estado en este país? ¿Cuántas décadas atrás hay que remontarse para encontrar una manifestación en que esa bendita clase media pedía la interrupción del orden constitucional? Al menos esa lección la hemos aprendido todos. Y el mérito por ese aprendizaje no le corresponde a una casta gobernante, sino a todo -todo- el pueblo. Nadie puede sostener con seriedad la idea de que la presidenta de la Nación deje Balcarce 50 antes de la fecha en que inexcusablemente deberá dejarlo: el 10 de diciembre de 2015.
Insisto, entonces: ¿acaso no era parte del pueblo el que salió a la calle el jueves 13/S?
Un kirchnerista que tiene la gentileza de seguirme en Twitter me respondía lo siguiente a estas ideas expresadas al pasar en 140 caracteres: "@1nuncasabe: si en latinoamérica solo votaran las clases medias, gobernaría la derecha en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina". ¿Perdón? Otro argumento en la línea del desprecio por las clases medias. Pobrísimo y falso, por lo demás.  ¿O acaso hay que colegir de él que en Argentina la población es mayoritariamente de clase baja (pero y si fuera así ¿quien, entonces, votó a CFK en 2007 y en 2011?)? Semejante afirmación no se corresponde con las naturales consecuencias de la bonanza económica y social que pregona el relato oficial. Basta con remitirse al Indec, o a Artemiópolis.
En efecto, no tiene caso discutir un razonamiento que se da de patadas con el hecho incontrastable de que más del 50% de la población argentina es clase media. Y, ciertamente, sin ella no se gana una elección. Y, en fin, tampoco tiene caso discutir el sol. Más cuando es algo que Nésto Carlo Kirchner siempre supo y tuvo bien en claro.
Pero, además, la soberbia que conduce el Estado argentino hoy no dejó de subestimar y despreciar a aquello a lo que Nésto -hábil político- le temía: la calle. En efecto, Nésto (Carlo) trabajó "bien" al principio de su gobierno, con desclasados como Luis D'Elía y cía, alejando a la clase baja y media de la calle. Más allá del chamuyo clivajizador k, la clase media argentina también es pueblo. A no olvidarlo.
En vez de estigmatizar, como siempre, a un sector de la sociedad, el poder podría haber elegido atender la demanda de fondo como legítima. Y no simplemente legítima desde el punto de vista de la tan mentada "legitimidad democrática" de expresarse (pareciera como que hay que agradecerle al poder porque permiten al pueblo expresarse). En efecto, ¿por qué no pensar que fue un reclamo por la excelencia, una demanda aireadora, vital y recurrente para la democracia? La democracia es aquel sistema que siempre pide más: más libertad, más justicia, más igualdad social, y que precisamente se realimenta de aquella energía. Una demanda por más y mejor democracia, como escribe Jorge Lanata en su columna de hoy en Clarín. O simplemente, para que se entienda: una demanda por más.
Pero no, mejor descartarlo y seguir con la propia, ha decidido responder el poder. Es un error que genera (más) asfixia.
En efecto, el principal espadachín encargado de salir a tapar el sol con las manos fue el Jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, quien dijo ayer que a los manifestantes del cacerolazo "les importa más lo que ocurre en Miami que lo que ocurre en San Juan". Es contradictorio (y risible) que los seguidores ideológicos de los planteos de la "democracia radical" del politólogo Ernesto Laclau no respeten las identidades del otro, y sean tan intolerantes.
Ni lento ni perezoso, Daniel Scioli ya se diferenció. El gobernador bonaerense señaló: "Hay que escuchar con mucho respeto y humildad y exigirse más para cumplir las expectativas. Hay que interpretar las nuevas demandas que se pueden ir incorporando, particularmente de la clase media, y responder con trabajo. La gente está muy sensibilizada con determinadas cuestiones que hay que atender con humildad por parte de quienes tenemos responsabilidad institucional". Además, Scioli destacó que quienes marcharon a la Plaza de Mayo lo hicieron "con mucha serenidad y respeto".
La marcha del jueves 13S no sólo sucedió por la soberbia provocadora, la estupidez provocadora, por el no a la re-re, la inseguridad, la inflación, el no al cepo (un cepo tanto monetario como ontológico), la prepotencia de la AFIP, la cadena nacional semanal, los descarrilamientos de trenes semanales, Once, la corrupción, Schoklender, Ciccone, el doble discurso, Vatayón Militante, La Cámpora en las escuelas, los $6 por día del Indec, etc., etc., sino por otra razón fundamental: las demandas de la gente no sólo no son escuchadas sino tampoco canalizadas institucionalmente: los tres poderes del Estado están en manos de la Revolución Ilustrada. Y en el caso del Poder Legislativo, el debate es sólo figurativo, ninguna idea opositora es escuchada, atendida. Y cuando al poder le sirve, la disuelve y la presenta como propia. Sólo hay un actor. En esto por cierto la oposición tiene una gran cuota de responsabilidad. La otra, es de quien ejerce el poder. En el medio, la gente se siente cada vez menos representada, cada vez más asfixiada políticamente. Eso es lo que intuyen algunos intelectuales orgánicos como Horacio González, miembro de Pensamiento a la Carta y director de la Biblioteca Nacional, al señalar que hay que prestarle oídos a la marcha. Quizá actúan con un dejo de honestidad intelectual, y quizá también sean vistos desde el poder como meros ingenuos.
Como sea, todo lo ocurrido será auspicioso sólo en la medida en la que clase dirigente TODA sepa leer la interpelación que el pueblo le ha enviado el jueves 13/S. De lo contrario, el escenario político a futuro es preocupante. El sayo le cabe, inexcusablemente, a los -que se dicen- opositores: hacerse cargo también. También fue contra ustedes. Van detrás de los hechos. No parecen estar a la altura de este pueblo... Lo expresa bien la mirada de afuera, del diario español El País, de Madrid: "Los argentinos protestan contra la presidenta al margen de los partidos".


También -también- es un fuerte llamado de atención para los medios & periodistas tradicionales, que no supieron anticipar lo que se estaba gestando, lo que se venía. Otra vez: estado de cosas - acontecimiento, ¿no? Qué difícil se le hace a todo lo establecido leer lo repentino, lo que aparece, lo que va siendo...
En alguna de las redes sociales, alguien decía: "el tema es que la necesidad de anonimización de los convocantes, por alguna razón, es un significado a construir". Un punto de vista atendible, al que el sociólogo (UBA) Luis García Fanlo agregaba: "lo que me interesa es que existe una fuerza social que reconfigura el campo preexistente de relaciones de poder... y como no hay nada fuera de la sociedad y de las relaciones de poder que la constituyen, en todo caso el 'monstruo' fue creado por el propio gobierno y la fuerza social que lo acompaña o dice acompañarlo. Todos son el monstruo del otro".
Interesante. Ahora, ¿por qué no pensar que la "necesidad de anonimización" de la que bien se hablaba por ahí se deba al mecanismo del poder gobernante que hace que todo lo que no es propio es satánico o ya tiene un lugar predestinado en el averno (k)? Y, en ese sentido, la estrategia de los "marchantes" (me refiero no al hecho fáctico de haber marchado sino al subjetivo de identificarse con ellos) parece haber sido exitosa. Otra vez la cuestión del acontecimiento y su inscripción en la "realidad" para confinarla a ella... ¿Cómo pegarle un golpe certero a lo informe? Ésa es la pregunta que se hacen en el poder por estas horas.


Por lo pronto, el kirchnerismo ya organiza "contramarchas". Creo que, en realidad, conceptualmente en términos de contrapoder, habría que considerar como "contramarcha" a la del 13S. Las que organicen los K serán, simple e irrefutablemente, marchas a favor del poder estatuído.

21/11/10

¿Cerdos o tramposos? El periodismo pragmático y la democracia

"Los profesionales son como las prostitutas, escriben mentiras en defensa de los intereses de los que les pagan. Los militantes, en cambio, escribimos la verdad al servicio del pueblo. Soy primero militante; después, periodista".
Martín García, flamante presidente de
Télam, en La Nación de hoy.

En este blog ya hemos hablado de Clarín y de La Nación (ver post). Hemos hablado de Tiempo Argentino, y de Página/12 ó 678 (ver post). Hemos hablado, en fin, del periodismo -devenido en- opositor y del oficialista. Ambas representan dos formas de la actual decadencia de gran parte de nuestro periodismo. En este nuevo post quisiera darle nombre:
el periodismo pragmático”.

¿Para qué informar?

La anécdota, muy comentada en el ambiente periodístico, cuenta que un medio busca contratar a un periodista. Luego de las preguntas de rutina, se les hace a los aspirantes una prueba que consiste, obviamente, en realizar una nota. El experimentado periodista que toma la prueba tira, impasible, la consigna:
-Escriba una nota sobre Dios.
En la puerta del diario se ve cómo, uno a uno, los aspirantes se van cabizbajos, rumiando su fracaso. Hasta que, por fin, un osado muchacho se atreve a contestar a la consigna con una pregunta:
-¿A favor o en contra?
-Empieza a trabajar mañana –responde, también impasible, el periodista evaluador.
Esta anécdota es citada con frecuencia a modo de ejemplo de buen periodismo. Muestra al trabajador como un profesional, versátil, capaz de amoldarse a cualquier situación “laboral” (para usar un eufemismo). “Se pone la camiseta del medio”, dejando así de lado cualquier apriorismo ideológico, “tan perjudiciales para este oficio, pues debemos tratar de ser objetivos”, se dice.
Desde principios del siglo XX, con la caída del Muro de Kant, ha venido creciendo una nueva forma de encarar las relaciones inter(e intra)personales -que algún pícaro francés contemporáneo ha denominado “ética inteligente”- basada en la indolencia. Este pensamiento netamente individualista -una verdadera filosofía del desapego- ha embarazado la ya ultra individual filosofía liberal, que en su neo forma se descubre como inteligente (pragmática), profesional (pragmática), técnica (desideologizada -pragmática-), objetiva (desideologizada -pragmática-), masiva (por su objetividad) y, claro, comprometida (palabra que desapareció bajo el ambiguo término “inteligente”), pues se dirige a la sociedad. El proceso informativo no es ajeno a esta matriz conceptual.
La moral kantiana ha perimido. Y su obsolescencia ha librado a los actores sociales de actuar sobre sus rígidos parámetros morales. Pero lo que ha sucedido es que al pretender descalificarlos, o relativizarlos, directamente se los ha anulado. Y su éxito se debe sin duda a la importante cuota de verdad que encerraba la crítica al imperativo categórico, envuelto de “olor a sadomasoquismo y tortura”, según Nietzsche.
El pragmatismo filosófico se ha extendido hacia todos los aspectos sociales y, en general, ha sido traducido como aggiornamiento de posiciones rígidas, estructuradas, en todos los campos. El pragmatismo económico fue concebido desde un antagonismo, desde una negación: la negación de la planificación y la participación estatal, lo que llega al paroxismo, por estos lares, del olvido sin más de la población. Con el pragmatismo político, igualmente, afloran los asesores de campaña y las encuestas. Los Dick Morris, los Dudas Mendoncas, los Durán Barbas o los Bragas Menéndez. La religión es, más que nunca, adular los oídos de las masas para llegar al poder.
Esta nueva concepción, por lo demás, tuvo un importante elemento adicional, que le sirvió como impulsor: nació y creció en Estados Unidos de Norteamérica, tierra de la libertad, de la libre empresa, de una democracia capitalista en vías de rápida consolidación, a principios del siglo XX, y actualmente hegemónica, aún en su decadencia.
El liberalismo encontró en el pragmatismo a su aliado natural, despojado de cualquier pernicioso intelectualismo (donde se incluyen la ética, la moral y todo concepto que comporte un compromiso social ajeno al lucro y al crecimiento económico).
El relativismo impuesto por el pragmatismo filosófico (Dewey a principios del siglo XX; Rorty, hoy) en todos los órdenes de la vida exime a los seres humanos de una palabra cara al pensamiento existencialista: la acción. Este término es extirpado de cuajo de la voluntad posmoderna que, sin embargo, no ha escapado a su redefinición: hoy la acción se mide en términos de ética inteligente, es decir: la otrora acción, obviamente teleológica, se convierte hoy en omisión, también teleológica (en el fisiócrata “dejar hacer” con el que el liberalismo se marcó a fuego). Signo de los tiempos. Omisión, también, del sujeto... A lo sumo, la “acción” pregonada por los posmodernos es la de la (est)ética del yo propio. La vida como arte y la (est)ética del placer.
Pero, por otra parte, lo que permanece de su anterior sentido, en esta nueva hermenéutica de la acción, se inscribe en un marco reducido, el del ámbito laboral. La ética inteligente se aplica en-desde-para la empresa. Desde allí el individuo cumple con su nuevo imperativo moral, que de nuevo tiene muy poco: servir a la empresa.

¿Qué tiene que ver todo esto con el periodismo?
Los medios de difusión de “noticias” no han escapado a estos nuevos aires de ética inteligente y vértigo (muchas veces el vértigo produce respuestas agudas pero no vastas y profundas). El caso de la CNN “internacional” -en general, pero muy en especial luego del 11/S- puede ser tomado como ejemplo en cuando al prolijo alineamiento del interés periodístico “profesional, objetivo” con los grandes intereses de su país de origen.
Si cambiamos el foco hacia los medios locales y nos detenemos a observar notaremos que no difieren demasiado, más allá del coyuntural e irracional conflicto del gobierno con “el monopolio”.
Analizarlos es crucial para el desarrollo de una sociedad, dada su importancia en la promoción de valores culturales y pautas de conducta. Qué se observa: en primer lugar, continuas fusiones y absorciones: la voz periodística en pocas manos. En este punto tiene razón el gobierno kirchnerista. Olvida acotar, claro, todo lo que él mismo contribuyó a eso. Y agregar, claro, los nuevos medios paraoficiales, que se reproducen como hongos.
(Clickear sobre la imagen para verla más grande)
Al manejar grandes montos, las empresas comunicacionales se convierten en importantes grupos de presión frente al poder político esgrimiendo, ahora, no ya el interés de la opinión pública sino, más bien, el suyo propio. Este grupo económico con intereses creados es el que luego informa e “instala la agenda” en la sociedad. Agendas periodísticas crecientemente despolitizadas (y falazmente “pragmáticas”), planteadas en términos de necesidad, de costos y beneficios. El diario Clarín es el ejemplo paradigmático de ello. En otro post hemos hablado de la necesidad de destinellizar la política y desclarinizar el periodismo como la batalla cultural de fondo.
Y lo curioso es que los mismos periodistas del diario Clarín son conscientes de su situación. Ellos conocen y tienen la habilitad de descubrir o transformar las noticias de modo que tengan un formato Clarín. Es el periodismo pragmático. Por un lado, una clara noción de lo que el medio es y espera de ellos; y, por el otro, signos personales evidentes de que la agenda que ellos construyen no es lo importante. Pero, ¿qué es “lo importante”?...
Desde cualquier concepción ética este “pragmatismo” es enteramente reprochable. Más que una moral de la acción (Sartre, Arendt, etc., etc.), predomina en los medios y en sus trabajadores, en general, una moral de la pasividad y hasta de la resignación. Por supuesto que no hablo de los que no se cuestionan lo que hacen. Ni de los que abjuran del periodismo en pos de la militancia. Ni, tampoco, de los que tienen suficiente nombre como para firmar con (bastante) autonomía.
Alguien, alguna vez, me recordó la distinción ética que hacía Sartre entre “cerdos” y “tramposos”. La acción en tiempos difíciles. Sucintamente, mientras el primero cumple con la orden del jefe o superior, coincida con ella o no, el tramposo también lo hace, pero logrando incorporarle un contenido subliminal -o no tanto- que niegue, contradiga, relativice o ridiculice aquella orden. Una actitud subversiva. Ambos hombres son inexcusablemente libres y actúan con libertad, por cierto. Pero también su acto los define.
Por supuesto que eso sucede, qué duda cabe, en el periodismo. Pero hoy el periodismo aparece como una actividad más del ser humano, perdiendo así su condición de pilar esencial para el mantenimiento y crecimiento del sistema democrático. Pero, en este devaluado contexto axiológico, ¿qué significa la palabra democracia? ¿En cuánto se acerca nuestra democracia de cada día al ideal que se tiene de ella?
Digresión: siempre escucho hablar de "democracia" como consenso, como tendencia a la uniformidad. Ése es un lugar común erróneo: lo que hace fuerte a una democracia es la suma de la diferencia, la concurrencia de lo diverso. Esto está en la base de todo pensamiento republicano (Maquiavelo, Spinoza, Madison, Montesquieu). Cortémosla con la democracia mal entendida. La "democracia como uniformidad" tiene su raíz en cierto iluminismo (autoritario), que es común tanto al liberalismo como al socialismo originario.

¿Para qué informar?
En materia periodística, la pregunta es crucial. Tanto, que la respuesta que se dé a esta cuestión capital revelará la presencia de una determinada concepción del llamado “cuarto poder”. En el ideario del liberalismo clásico (más allá de su elitismo), el periodismo fue uno de los campos privilegiados para el debate racional de ideas y opiniones que hacen e interesan a la sociedad. Pero, junto con esta tarea fundamental para la vida democrática, la información, además de ser considerara como “bien social”, es entendida también como una mercancía. Ésta es la tensión esencial y constitutiva del periodismo, que hoy se vive con más crudeza que nunca.
“Estar informado”, “saber lo que pasa”, en cualquier ámbito, le amplía al ciudadano la gama de elecciones y acciones tanto individuales como colectivas: desde comprar este disco a votar a aquel candidato.
Según la famosa teoría de la agenda-setting, los mass-media no dicen qué hay que pensar sino sobre qué hay que pensar: los que ellos presentan son los asuntos decisivos. “Esto es lo que hay”, le dicen los medios a su audiencia cuando le presentan los hechos (re)construidos como noticia.
¿Qué es la democracia? ¿Para qué informar? ¿Cuál es el rol de los medios en democracia? El pragmatismo también responde, por supuesto, a estas preguntas. Acertadamente o no, con “mala fe” o no. Pero responde. Y, en su lógica, esto es lo que importa.

2/11/10

El clivaje político, ¿la peor herencia k?

En ciencia política hay un concepto muy particular y preciso para esto que estamos viviendo hace ya años en el país y que se expresa, incluso, en la triste muerte del quinto presidente constitucional elegido por el pueblo desde la vuelta de la democracia, Néstor Kirchner. Me refiero al concepto de "clivaje". Esto es: una fractura irreconciliable dentro de la sociedad. Ante un "clivaje", los políticos tienen, en general, dos actitudes posibles: valerse de él para conseguir votos, es decir: profundizarlo (y quebrar más a la sociedad, la que, en teoría, debería buscar lo contrario: la convivencia) o intentar superarlo.

En nuestro país, por muchas décadas, tuvimos un clivaje: peronismo - antiperonismo. Sabemos cuáles fueron las consecuencias de esa fractura societal. Mal que mal, creo que Alfonsín intentó superarla. Con Menem, los tiempos fueron "light" en todo sentido: se dejó de lado el "clivaje" desde la frivolidad. Néstor Kirchner tampoco se valió de ello al principio: quería, de hecho, enterrar la palabra "Perón". Recuérdese, como pintoresca muestra, la frase con que el actual Jefe de Gabinete se despachó cuando todavía era ministro del Interior: “Que se metan la marchita en el culo”.
Sin embargo, el fallecido ex presidente y la actual presidenta, Cristina Fernández, cambiaron luego de rumbo y, hasta ayer, azuzaban el clivaje irresponsablemente. Provocando con ello actitudes y enardecimientos en muchos ciudadanos; gestos y sentimientos que no estuvieron ausentes incluso en los días posteriores a la muerte del ex mandatario.

Los cambios duraderos en un país, creo, se hacen por consenso, no por imposición; y con la ley en la mano. Néstor Kirchner fue el presidente que desarticuló la “mayoría automática” en la Corte Suprema e instaló allí juristas de fuste, que realzaron el valor de ese poder de la República; fue, también, el presidente que realzó el propio valor del Poder Ejecutivo Nacional, al principio de su gestión. Como contrapartida, relegó a un lugar de mera "escribanía" al Congreso de la Nación, función que solo se revirtió en 2009 cuando el kirchnerismo perdió "por poquito" la mayoría legislativa en las urnas.

Néstor Kirchner es hoy el que provoca el orgullo nacional, y la gran tristeza ante lo irreparable de la muerte del líder político. Y también las burlas, o la alegría apenas disimulada o impúdicamente expresada. El fanatismo, en fin. La violencia verbal y gestual. Como aquel nefasto "viva el cáncer", luego de la muerte de Evita.

Es, en síntesis, la vuelta del viejo clivaje político. Es lo que habrá que desactivar. Ésa es la tarea de la dirigencia política actual. Porque, al revés de lo que sentenció José Hernández en el Martín Fierro, la polarización social no es para bien de ninguno, sino para mal de todos. Pues el otro no es el "enemigo" (Schmitt mal entendido) a "vencer".

Más aún: en democracia ni siquiera hay un "Otro" (ese Gran Otro lacaniano): hay, simplemente, "otros". Los diferentes. Los que, con todo derecho, piensan y sienten distinto. ¿Seremos capaces de aprender, de una vez por todas, a (con)vivir en la diferencia? Ojalá.


Leer "El clivaje político, ¿la peor herencia K? (segunda parte)".

26/10/10

El asesinato de Mariano Ferreyra y la (falta de) democracia sindical

El asesinato del militante del PO Mariano Ferreyra, la semana pasada, tiene que servir para instalar en la agenda política y periodística el tema de la patota sindical y la necesidad -una vez más- de la presencia del Estado para legislar en materia de democracia sindical.

"Lo único que hicimos fue impedir el corte de vías", de dijo por la tele el pedrazista Pablo Díaz, de la Unión Ferroviaria. Léase: sindicalistas devenidos en grupos de choque que ostentan el poder de policía para defender el interés empresarial. Sindicalistas barrabravas. Como "Harry" Favale, acusado de ser el presunto asesino de Mariano Ferreyra, que milita con el jefe histórico de Defensa y Justicia, Héctor Alarcón (a) Vaca, "primero menemista, luego duhaldista y hoy k"...

Los empresarios dilectos del peronismo menemista eran los banqueros. Los del peronismo kirchnerista, son los sindicalistas. La semana pasada, el titular de la CGT, Hugo Moyano, le dijo en TN a Daniel Funes de Rioja, presidente de Copal y asesor laboral de la UIA, una frase que define a todas luces su (no) identidad obrera: "Usted y yo podemos esperar. Un trabajador, no". ¿Cómo? Sí.

Hoy más que nunca muestra su vigencia la película del desaparecido periodista y director de cine Raymundo Gleyzer: Los traidores.



Gobernar es tocar intereses. También al interior de los propios grupos dominantes. Que afecte a unos ricos, no quiere decir necesariamente que beneficia a los pobres sino, a otros ricos.

Debe recordarse la muerte de Mariano Ferreyra. Y sin tabúes o pruritos. Al contrario. Porque para un militante político no debe haber peor ofensa a su memoria que el hecho de que intenten naturalizar o despolitizar su muerte.


¿Tomarán nota el Gobierno nacional y la patota sindical de que en la Argentina de hoy muere una persona y el pueblo está de luto? El Gobierno no debería olvidarse de que, justamente, es gobierno consecuencia de lo ocurrido en 2001.

Y, ya que estamos, aclaremos esto también: no reprimir no es "una decisión del gobierno K": es una victoria del pueblo (sí: "del pueblo": no es patrimonio K esa palabra), que no tolera un muerto más en democracia.